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El último hombre en pisar la luna: su célebre insulto en pleno vuelo y la trama de uno de los mayores secretos de la carrera espacial

Redacción
Publicado el: 16 enero 2026 6:42 am
Por Redacción
23 minutos de lectura
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El último hombre en pisar la luna: su célebre insulto en pleno vuelo y la trama de uno de los mayores secretos de la carrera espacial
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Eugene Cernan se convirtió en

Eugene Cernan se convirtió en el último hombre en pisar la luna durante la misión Apolo XVII en 1972. Nació en Chicago el 14 de marzo de 1934 y murió en Houston, Texas, hace nueve años, el 16 de enero de 2017

Casi lo puede la ambición, el ansia de gloria. De haber sido por su voluntad, el primer hombre en pisar la Luna no hubiese sido Neil Armstrong, sino él, el comandante Eugene Cernan, en ese momento al mando de la misión Apolo X, la anterior misión a la que sí le daría la gloria a Armstrong.

Si Cernan hubiese pisado la Luna antes que ningún otro astronauta, podría haber terminado en la cárcel, echado con deshonor de la NASA, pero con la gloria al hombro, y que le quitaran lo bailado; el programa Apolo se habría modificado para siempre, Apolo X y no Apolo XI hubiese sido la misión del heroísmo y el temple, la disciplina, el honor, la dignidad y la entereza de todo aquel grupo de hombres destinados a viajar al espacio habría caído por la borda hacia un mar de miseria y egoísmo, desde la ambiciosa nave del comandante Cernan.

Al final privó el sentido común. Apolo X cumplió su misión tal como estaba planeado, la leyenda hizo lo demás y tiñó el dramático vuelo a la Luna de Apolo X con el manto del mito y las versiones contrapuestas; el resto lo hizo el tiempo, que a menudo sabe lo que hace.

Sin embargo, la gloria, que es esquiva, caprichosa y un poco tonta también, le tenía reservado al comandante Cernan un lugar entre sus laureles griegos y en su sitial del Olimpo. Con los años, Cernan pasó a la historia como el último hombre en pisar la luna, hasta ahora al menos, por pronunciar una enfática puteada en el espacio que llegó a la Tierra, clara, vibrante y musical y, si todo es como dicen, la onda sonora de esa puteada sigue aún hoy de viaje por el espacio sideral, tal vez algún día regrese a la Tierra.

La última misión tripulada de

La última misión tripulada de la saga Apolo: el cohete Saturno V al fondo, Harrison Schmitt, el piloto del módulo de mando Ronald Evans y el comandante Eugene Cernan

Como Cernan era quien era, un incorregible de primera, también pasó a la historia, aquí la gloria se hizo a un lado, no ya por haber sido uno de los elegidos para pisar la luna, sino también por haber trazado en el suelo lunar tres letras: T, D y C, las iniciales del nombre de su entonces pequeña hija, Teresa “Tracy” Dawn Cernan. Como en la luna no soplan vientos de ningún tipo y no llueve ni una gota, se presume que las iniciales permanecen aún intactas, intocables, tal vez imperecederas, como acaso debe estar la huella del pie de Armstrong al dar aquel “pequeño paso para un hombre, un paso gigante para la Humanidad”.

La que sigue es la historia del último astronauta en pisar la luna, hace pronto cincuenta y cuatro años, y de cómo forjó su carrera de héroe después de salvar la vida raspando en más de una misión espacial.

Cernan nació en Chicago el 14 de marzo de 1934, un año después de que fuese derogada la Ley Seca que, con el pretexto de eliminar el crimen y los dramas sociales, incrementó el poder de la mafia y del crimen organizado. De padre eslovaco y madre checa, Cernan vivió en las pueblos de Bellwood y Maywood, donde terminó sus estudios. Se graduó como ingeniero electrónico en la Universidad de Purdue, Indiana y en 1956, veintidós años, ingresó a la Armada como oficial de reserva: se convirtió entonces en piloto de aviones de combate.

En la Armada, Cernan hizo su master en ingeniería aeronáutica y vio nacer como oficial la carrera espacial a la que estaban lanzados Estados Unidos y la Unión Soviética. El desafió del presidente John Kennedy de poner un hombre en la luna y traerlo de regreso a la tierra que era lo más difícil, antes de 1969, hizo que la NASA empezara a seleccionar un equipo de pilotos profesionales capaces de tripular las primeras misiones en viajar el espacio exterior. Cernan fue uno de ellos, la flamante NASA lo eligió junto a otros trece hombres en 1963, un grupo al que el gran periodista Tom Wolfe retrató en un libro fantástico, The Right Stuff, algo así como “Lo que hay que tener”, en traducción algo libre.

Durante la tensa maniobra del

Durante la tensa maniobra del Apolo X, una famosa exclamación de Eugene Cernan quedó registrada y transmitida desde el espacio hacia la tierra. Tras su regreso, debió pedir disculpas públicas

Tres años después, en junio de 1966, Cernan y su par, el comandante Thomas Stafford tripularon la cápsula Gemini IX, el séptimo vuelo tripulado de ese programa, y el décimo quinto del programa espacial estadounidense. Los objetivos de la misión era que Cernan hiciera una caminata espacial y que probara de alguna forma un prototipo de módulo lunar, el vehículo destinado a devolver a la Tierra a los astronautas que pisaran la Luna. Pero esa puesta a prueba del módulo lunar se haría en la órbita terrestre. Gemini IX orbitó la Tierra durante tres días y Cernan salió a hacer su caminata en el espacio infinito durante dos horas: por milagro no resultó un paseo fatal. Por alguna razón, los astronautas olvidaron colocar, o colocaron mal, unas agarraderas esenciales para que el caminante espacial pudiera reingresar a la nave. Además, Cernan notó con cierto espanto que su traje había empezado a fallar: empezó a hincharse como un globo, la impidió cierta movilidad indispensable, le provocó fallas en la comunicación con Stafford, al mando de la cápsula y empezó a hacer trastabillar la regulación de la presión, indispensable para sobrevivir en el espacio: Cernan supo que si su traje se inflaba más, se vería en un dilema para reingresar a la Gemini. Si en el espacio se puede correr, Cernan corrió de regreso a la cápsula para salvar su vida.

Tres años después de aquella odisea, en 1969, la Luna estaba al alcance de la mano para la NASA. Planificada hora por hora, la gigantesca misión Apolo, de once viajes y once tripulaciones diferentes lanzadas a la conquista lunar, estaba a punto de terminar: sería la misión Apolo XI la que alunizaría, tripulada por su comandante, Neil Armstrong, que sería el primer hombre en pisar la Luna, Buzz Aldrin, el segundo en pisarla como compañeros de aventura en la Luna, ambos en el módulo lunar “Eagle” y Michael Collins, en tercero de los astronautas, al mando de la nave madre. Pero había una misión previa tan importante casi como aquella, la de Apolo X, que sería la encargada de probar el módulo lunar en el que descenderían los miembros de Apolo XI.

Para Apolo X y para esa prueba clave, la NASA eligió a los dos hombres que ya habían probado con Gemini IX el módulo lunar (LM) dentro de la órbita terrestre: Thomas Stafford y Eugene Cernan. El tercero, John Young, se quedaría frente al tablero del módulo de comando (CM) mientras sus compañeros ocupaban las dos plazas del LM que serían destinadas en la siguiente misión a Armstrong y a Aldrin. Cernan y Stafford tenían un desafío frente a ellos. Debian maniobrar el LM, al que habían bautizado como “Snoopy” desde ciento diez kilómetros de altura hasta apenas unos quince kilómetros de la Luna; después, debían cortar los motores de descenso del módulo, encender los motores para el ascenso y acoplarse de nuevo al CM, llamado “Charlie Brown” en homenaje a los personajes de la historieta creada en los años 50 por Charles Schultz.

La sesión fotográfica de la

La sesión fotográfica de la tripulación del Apolo XI con los astronautas Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Aldrin, en una imagen de julio de 1969 (REUTERS/NASA/Handout)

Las conversaciones entre “Charlie Brown”, “Snoopy” y el centro de control de la misión en tierra eran transmitidas en vivo por la NASA y estaban a disposición de las cadenas de televisión y de las radios que quisieran tomarlas, que fueron muchas. Esas comunicaciones eran también una prueba de la transmisión satelital que la NASA haría del alunizaje de Apolo XI en julio de 1969.

Apolo X despegó el 18 de mayo de 1969. Tres días después, Stafford y Cernan pasaron a “Snoopy”, el módulo lunar, y Young quedó al mando de “Charlie Brown”. Los dos astronautas encendieron los motores de descenso del LM y empezaron a acercarse a la luna. Cuando estaban a cincuenta kilómetros de altura, iniciaron unas maniobras destinadas a probar la seguridad del aquel prodigio técnico, un cachivache comparado con las naves espaciales del siglo XXI. Y “Snoopy” se retobó. El módulo lunar empezó a dar saltos, tumbos, giros, a desviarse de su orientación de manera inexplicable. Al frente del tablero de mandos, Cernan lanzó entonces un dramático “Son of a bitch” (¡Hijo de puta!) destinado tal vez a exorcizar aquel aparato desbocado y sin control.

La puteada se oyó en todo el planeta Tierra y sus alrededores, nunca mejor dicho, mientras Cernan recuperaba por fin el control del módulo y seguía su accidentado descenso hacia la luna. El tiempo, y la investigación, darían dos resultados. El primero reveló que en los minutos iniciales del descenso, Cernan o Stafford, o Cernan y Stafford habían errado en el manejo de uno de los interruptores del ordenador de vuelo. Una palabra acerca del “ordenador” de vuelo. Hoy, en cualquier teléfono celular, hay cien, mil, diez mil, quién sabe cuántas veces más memoria que la que cargaba aquel módulo que era el orgullo de la industria aeroespacial.

Los doce hombres que pisaron

Los doce hombres que pisaron la luna en el orden de las misiones Apolo: de la XI con Armstrong a la XVII con Cernan

Lo segundo, relacionado ya con la puteada, mereció un interrogatorio especial a Cernan a su regreso a la tierra y una orden para que se disculpara en público por su exabrupto. Seamos francos, un tipo que está a cincuenta kilómetros de la luna, en un cacharro que tiene menos memoria virtual que un reloj inteligente y que de pronto empieza a girar y a dar tumbos como un borracho enojado, es difícil que cite a Lope de Vega, o a Walt Whitman, en el caso de que Cernan hubiera leído a alguno de los dos. Pero, el deber ser es a menudo tan caprichoso y tonto como la gloria.

En la misión Apolo X todavía no había pasado lo mejor, según se mire. “Snoopy” siguió su suave descenso hacia la luna los escasos kilómetros que le faltaban hasta llegar a la altura de quince, la frontera frente a la que debían iniciar el ascenso para acoplarse a “Charlie Brown”. En este punto de la historia, las versiones difieren, se dividen, se bifurcan y desorientan. Según la NASA, “Snoopy” no estaba preparado para alunizar, no tenía combustible suficiente para pisar la luna y lanzarse de nuevo al espacio hacia la nave madre. En su libro Rocket Men, “Los hombres cohete”, Craig Nelson cita una versión edulcorada que, años después, le dio Eugene Cernan del episodio. Cernan dijo: “Por el tipo de personas que éramos, mucha gente se dijo: ‘No le den la oportunidad de alunizar a estos muchachos porque lo van a hacer’. Así que Snoopy no tenía los tanques de combustible llenos. No podríamos haber bajado y vuelto a despegar”.

La voz de Cernan llegó, de la mano de Nelson, años después de una candorosa confesión de Cernan en la que admitió que tanto él como Stafford, conscientes de que podían alunizar, pensaron de verdad en hacerlo. Sabían que, a su regreso serían expulsados de la NASA y hasta encarcelados: pero serían los primeros en pisar la Luna. Eso fue lo que admitió el comandante Cernan. Y algo de eso sucedió porque, mientras los dos astronautas a bordo de “Snoopy” se miraron cara a cara con la pregunta tácita, ¿lo hacemos?, y un pesado silencio reinó en el espacio, se oyó la voz del astronauta Young, desde “Charlie Brown”: “Houston me informa que regresen, ya que solo colocaron la mitad del combustible al módulo lunar”. O en Houston temieron que Cernan alunizara, o Young, que conocía a sus dos compañeros, lo intuyó y les pidió que regresaran. Cuánto combustible cargaba “Snoopy” es hoy uno de los mayores secretos de la carrera espacial.

La trascendencia de la carrera espacial marcó la vida de Eugene Cernan, quien dedicó sus años posteriores a divulgar la importancia de la exploración científica (NASA)

A quince mil doscientos cuarenta metros de la Luna, Cernan y Stafford renunciaron a traicionar el programa Apolo, probaron el radar de aterrizaje del módulo lunar en el punto de altitud en el que, dos meses después, el módulo “Eagle” de Apolo XI iniciaría el descenso motorizado hacia la Luna. Luego, los dos astronautas a bordo de “Snoopy” inspeccionaron el Mar de la Tranquilidad, el sitio elegido por la NASA para el alunizaje de Armstrong y Aldrin. Por último, apagaron los motores de descenso, encendieron los motores de ascenso, “Snoopy” se elevó de la cercanía de la Luna, alejó a Cernan de la gloria y luego se acopló a “Charlie Brown”. Apolo X había sido un éxito.

Cernan pensó que su exabrupto espacial y el titubeo ante la opción de cumplir la misión o echarse en brazos de la gloria, iba a hacer que la NASA no le adjudicara nunca más una misión espacial. Por el contrario, la NASA le tenía preparada una misión histórica, otra más: ser el comandante del último vuelo tripulado a la luna del programa Apolo y, como tal, alunizar y recorrer parte de aquel paisaje árido y misterioso.

El 7 de diciembre de 1972, con Cernan como comandante, Ronald Evans como piloto del módulo de comando y Harrison “Jack” Schmitt, un geólogo metido a astronauta, Apolo XVII despegó del Centro Espacial Kennedy, en Florida. Cuatro días después, el 11, mientras Evans orbitaba la Luna, Cernan y Schmitt posaban el módulo lunar con suma delicadeza en un estrecho valle lunar llamado Taurus Littrow, apenas a cien metros del sitio previsto. El primero en bajar del módulo y pisar la Luna, por fin, fue Cernan. Los dos astronautas se quedaron allí durante tres días con jornadas de trabajo de siete horas diarias fuera del módulo. Hicieron infinidad de experimentos científicos, recorrieron treinta y cinco kilómetros de territorio lunar en el vehículo lunar Rover y recogieron más de cien kilos de piedras y polvo lunares para que fuesen estudiadas en la tierra.

Eugene Cernan junto al Rover

Eugene Cernan junto al Rover en la luna durante la misión del Apolo XVII. Permaneció durante tres días en la superficie del satélite de la Tierra (NASA)

Un dato aparte, hubo una época, no muy lejana, en la que el Museo de la NASA en Washington lucía en sus molinetes de entrada un pedazo triangular de piedra de un color gris azulado, o algo así, como una extraña porción de pizza en miniatura. Un cartel informaba a los visitantes: “Este es un trozo de piedra lunar traído por nuestros astronautas. Tóquelo”. Si alguna vez visita ese museo y la oferta sigue en pie, toque esa piedra: estremece un poquito.

Al tercer día de estar en la Luna, la misión de Cernan y Schitt llegó a su fin. Antes de subir al módulo, Cernan se arrodilló y con trazos grandes grabó en el polvo tres iniciales: T, D y C, las del nombre de su hija, Teresa “Tracy” Dawn Cernan, que entonces era una muchachita de unos diez años. Como en la Luna no hay erosión, Cernan pensó que esas iniciales quedarían allí para siempre y que su hija, cada vez que mirara la Luna, sabría que su padre había pensado en ella cuando abrazó a la gloria.

Hoy, Tracy Cernan Woolie participa como vocera de las familias de los astronautas de la NASA, da conferencias sobre el impacto familiar de la exploración espacial, es miembro de la Fundación de Becas para Astronautas que a menudo entrega a nombre de su padre y también debate sobre el proyecto de la NASA de regresar a la luna, una iniciativa que dejaría a su papá sin un pedacito de su gloria bien ganada.

Cernan dejó las iniciales del

Cernan dejó las iniciales del nombre de su hija, T, D y C, grabadas en el suelo lunar, un gesto simbólico que permanece hasta hoy en la superficie de la Luna

Después de grabar las iniciales de su hija, Cernan, uno de los únicos doce hombres que caminó sobre la luna, subió al módulo lunar y se convirtió en el último hombre en pisarla, récord, distinción o como se llame que perderá cuando otro astronauta repita la hazaña.

Todavía en suelo lunar, Cernan dijo la frase que todo astronauta está obligado a decir y que la NASA esparce por el mundo: “El desafío de Estados Unidos de hoy ha forjado el destino del hombre del mañana. Cuando dejemos la luna, nos iremos como vinimos y, si Dios quiere, como regresaremos, con paz y esperanza para toda la humanidad”. Son palabras que no suena mal en estos días, pese a que fueron dichas hace ya más de medio siglo. Apolo XVII amerizó el 17 de diciembre de 1972.

Eugene Cernan dijo adiós a sus años de astronauta en 1976, pero siguió al servicio de la NASA. Se transformó en un héroe global que dedicó el resto de su vida a divulgar la trascendencia de la carrera espacial, la importancia de los estudios científicos y la magnitud que implica el desafío de los límites: nadie mejor que él para hablar de esas cosas.

Murió en Houston, Texas, hace nueve años, el 16 de enero de 2017, a casi dos meses de cumplir ochenta y tres años.

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