Un agente de la Inquisición veneciana dejó un retrato que no alcanzó a contenerlo. “Va y viene a todas partes, con una cara franca, la cabeza en alto, y bien vestido…”, escribió. Lo describió con 40 años, buen mozo, vigoroso, moreno, de ojos vivaces, peluca corta castaña. Le atribuyó descaro, desdén y, sobre todo, una labia ingeniosa y cultivada. No era poco. Tampoco era suficiente.
El hombre que pasó a la historia por sus amantes fue, ante todo, inasible. Si hoy lo interrogaran ante un juez, quizá no mentiría. Pero creerle sería otra cosa. Diría la verdad rigurosa: se llamaba Giacomo Casanova, nació en Venecia el 2 de abril de 1725 y murió en Dux, Bohemia —hoy Duchcov, República Checa— en 1798. Hijo de comediantes trashumantes, Zanetta Farussi y Gaetano Casanova, de ascendencia aragonesa, quedó huérfano de padre a los ocho años.
Se hacía llamar Caballero de Seingalt, aunque la nobleza era un invento. En aquellos días, los actores eran clase baja. “¿Profesión?”, insistiría el juez. Y Casanova respondería sin mentir: abate, diplomático, escritor, músico, director de teatro, alquimista, hombre de negocios, inventor y director de la lotería estatal francesa, bibliotecario. Callaría, eso sí, ciertos fraudes y estafas, y los cargos de impiedad, magia y esoterismo que lo llevaron a Los Piombi, la temida cárcel veneciana de la que huyó en 1756 junto a un monje.

Según su propio recuento —no necesariamente creíble— se acostó con 132 mujeres de toda clase y condición. “Si he engañado a muchas, el engaño era mutuo”, escribió. Para entender ese fuego hay que volver atrás.
Internado en un seminario por la imposibilidad económica de su madre, estudió latín, derecho civil y canónico. Más tarde, con el senador Malipiero, filosofía. Hasta que entró en la cama de Teresa, cantante y amante del senador. Fue expulsado. A los 21 años, la madre logró colocarlo al servicio del cardenal Acquaviva, embajador de España ante la Santa Sede. El ascenso se desplomó cuando escondió a una joven fugada —y algo más— en el palazzo de Piazza di Spagna, residencia oficial del cardenal. Otra expulsión. Otra fuga hacia adelante.
Sin dinero ni títulos, con audacia sin igual, vagó por Europa, volvió a Venecia, se alistó como soldado y se presentó como violinista. Sin guerras ni orquestas, el aburrimiento lo empujó otra vez a la aventura. Fingió ser médico ante el patricio Matteo Bragadin, lo curó vaya a saber cómo de una arritmia y cobró una fortuna. Con libros y gurúes, se internó en la magia, la cábala y los rituales esotéricos, acaso marcados por un episodio de la infancia.
En sus memorias lo cuenta así: a los ocho años sufrió una hemorragia nasal. Su abuela lo llevó a Murano, a la choza de una vieja con siete gatos y fama de bruja. Lo metió en un cajón, la sangre cesó, lo untó con ungüentos, murmuró palabras extrañas y cobró un ducado. Casanova aseguró que desde entonces no volvió a sangrar y que su memoria creció hasta aprender a leer en menos de un mes. Para el Gran Inquisidor, aquello fue suficiente: intentó quemar los libros y al dueño. Casanova volvió a huir.
Luis XV lo recibió en París. Necesitado de un modo de vida, encontró un golpe de genio: en 1757 inventó la lotería francesa, un negocio colosal que la Corona pagó con abundancia. En Ancona, una fiebre lo confinó a un lazareto. Allí sedujo a una esclava griega y se enamoró de quien creía un eunuco: Teresa, huérfana, mujer que fingía ser un castrati para cantar en el teatro de la Iglesia.
Escribió con frenesí sobre Rousseau, Voltaire, madame Pompadour, Mozart, Catalina II de Rusia, Federico II de Prusia. Recorrió Europa como diplomático u ocultista. Algunos lo llamaron charlatán; muchos cayeron rendidos ante su labia. Fue figura habitual de bailes y celebraciones palaciegas. Y vivió siempre al borde: condecorado por el papa Clemente XIII por un servicio diplomático, perseguido por fraudes; halagado por Federico II, encarcelado 42 días en Barcelona por un affaire con la mujer del capitán general.
Un biógrafo lo resumió así: pasaba de conversar con Voltaire y Rousseau a tratar con rufianes y prostitutas; de la amistad con Cagliostro a las peleas en las peores tabernas.
En 1776 intentó volver a Venecia tras la muerte de su madre. Evitó la cárcel aceptando espiar para la Inquisición. Astuto, entregó informes elípticos, casi inocentes. Y aún tuvo tiempo de batirse a duelo con el príncipe polaco Xavier Francizek Branicky por un lío de polleras: pistolas, una herida leve, y paz sellada.
¿Cuál fue su secreto? El escritor y psicólogo Robert Greene lo definió como “el amante ideal”: estudiaba a cada mujer, detectaba lo que faltaba en su vida y se lo ofrecía. Hacía realidad las fantasías femeninas. Romper el hechizo, cuando se aburría, también tenía método: una decepción calculada, mostrarse vulgar, retirarse en silencio.
Pero hubo una derrota. En Historia de mi vida confiesa una excepción: Mathilde, una joven monja, lo volvió esclavo. “La horma de mi zapato”.

Conoció cien ciudades. Habló con Benjamín Franklin en París. Colaboró con Mozart y Lorenzo da Ponte en Don Giovanni. Entrevistó a Goethe. Más allá de la vida libertina y delictiva, dejó un título indiscutible: fue un escritor moderno.
En 1795 murió su hermano Giambattista, pintor y grabador, director de la Academia de Dresde. Casanova tenía 70 años. En Bohemia escribió sus memorias, su único libro perdurable. El 4 de junio de 1798, a los 73, murió tras completar unas 4.500 páginas. Su sobrina Camilla vendió el manuscrito a un editor alemán. En 1824 ya había cinco volúmenes. Pasó luego a manos francesas, fue alterado y aun así fue un éxito. La versión completa recién se publicó en 1960 y llegó al español en 2009.
Las memorias se interrumpen de golpe con una escena mínima: un viaje desde Barcelona hacia Perpiñán, en enero de 1769. Tal vez entonces comprendió que su buena estrella se apagaba. O que, por fin, había llegado el momento de dejar de huir.
