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Noticias

Crónica de un suicidio: las órdenes finales de Hitler, la última vez que vio el sol, su testamento y la boda horas antes del fin

Redacción
Publicado el: 19 enero 2026 7:26 am
Por Redacción
32 minutos de lectura
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Crónica de un suicidio: las órdenes finales de Hitler, la última vez que vio el sol, su testamento y la boda horas antes del fin
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En sus últimos días, Hitler

En sus últimos días, Hitler desconfió de sus generales, preparó su testamento, se casó con Eva Braun y ordenó la destrucción de sus restos para evitar la humillación (Grosby)

El Reich que iba a durar mil años y que reinaría sobre Europa y sobre el conquistado Este continental, incluida la Unión Soviética, se caía a pedazos. El Ejército Rojo, que en enero de 1943 había dado vuelta el curso de la Segunda Guerra Mundial en Stalingrado, estaba a las puertas de Berlín y bombardeaba la ciudad, hacía blanco en la monumental Cancillería y se preparaba para la invasión final.

Por el lado oeste avanzaban los aliados. El último intento de Adolf Hitler por recuperar la iniciativa en las Ardenas en el invierno de 1944, había fracasado: sus poderosas SS, ahora en declive, habían fusilado sin más a ciento trece soldados americanos prisioneros y los habían abandonado en la nieve para que los encontraran sus camaradas, sepultados en la nieve y congelados. Las tropas americanas, que también buscaban Berlín bajo el comando supremo del general Dwight Eisenhower, tampoco se rendían a la piedad: desde Ardenas, todo SS apresado era fusilado de inmediato.

En enero de 1945, Berlín era una ciudad fantasma, acechada por los rusos y por los aliados, que ya habían cedido a los soviéticos el privilegio de tomar la capital del Reich; en Berlín, miles de civiles y militares empezaban a huir de la ciudad hacia las líneas aliadas: cualquier cosa antes de caer en mano de los rusos.

Casi en ruinas, Berlín apenas podía contener el alud de miles de alemanes que llegaban del Este y que huían de las tropas rusas en busca de un reparo que Alemania ya no podía darles. Entre ellos, muchos soldados que habían decidido abandonar el frente y regresar a la patria. Los más afortunados lo lograron; el resto, la mayoría, fue ejecutada por los nazis acusados de desertores. El imperio se devoraba a sí mismo. Johannes Steinhoff, Peter Pechel y Dennis Showalter relatan en su Voices from the Third Reich: an Oral History (Voces del Tercer Reich: una historia oral): “Un muchacho que huía del frente de Polonia que estaba desmoronándose viajó con su madre y su hermana durante dos días y dos noches en un tren atestado que se dirigía a Breslau. Por la ventanilla veía los cadáveres de soldados alemanes junto a la vía, ahorcados y con carteles al cuello que los denunciaban como cobardes y desertores (…)”.

La última persona que vio

La última persona que vio vivo a Hitler fue el fiel edecán Günsche. Luego declararía que a las tres y cuarto de la tarde Hitler estaba apoyado en la mesa de su despacho, frente al retrato de Federico el Grande

Berlín no era la única ciudad en ruinas. El 2 de enero, a poco de empezar 1945, los aliados habían descargado sus bombas sobre Núremberg, la cuna del nazismo, y habían destruido veintinueve mil hogares, matado a mil ochocientas personas y devastado la antigua ciudad colonial. Alemania caía en ruinas, al igual que el Reich de Hitler y su ciudad capital, que había sido ejemplo multicultural de la Europa previa al nazismo y que ahora estaba indefensa. En Berlín no había ejército, todo varón entre los quince y los setenta años servía de alguna manera en el frente de guerra. Hitler había dispuesto entonces que fuesen chicos de doce y trece años y ancianos de setenta y más años, quienes defendieran la ciudad, tras un curso veloz de manejo de la “Panzerfaust – Puño blindado”, el lanzagranadas antitanque de la Wehrmacht destinado a frenar el incontenible avance soviético.

A esa ciudad fantasmal y en ruinas llegó Hitler el 16 de enero de 1945. Lo hizo para encerrarse en su búnker de la Cancillería. Jamás saldría vivo de allí.

Hasta entonces, el Führer había estado en el comando militar oeste de su imperio a punto de caer, en el Adlerhorst (Nido del Águila) un complejo de búnkeres diseñado por el arquitecto del Reich, Albert Speer, que se alzaba cerca de Lagenhain-Ziegenberg, en el estado de Hesse, adonde Hitler había llegado el 16 de diciembre de 1944. Desde allí había dado su discurso de Fin de Año y brindado con sus escasos amigos y oficiales de confianza. El 6 de enero, un bombardero aliado que regresaba a su base arrojó una última bomba sobre Ziegenberg, dañó algunos edificios y mató a cuatro personas. El fracaso en Ardenas y la vulnerabilidad del Adlerhorst convencieron a los jerarcas nazis de que el frente occidental estaba perdido. Hitler subió a su tren privado el 15 de enero, rumbo a Berlín.

Llegó la noche del 16 de enero sin que casi nadie se enterara, la estación central de la ciudad, que en otros días hubiese estado colmada de gente, estaba ahora vacía. El tren entró en la estación con sus ventanillas bajadas. El auto de Hitler y los de su séquito se abrieron paso luego por calles oscuras o mal iluminadas hacia la Cancillería, ahora un edificio bombardeado, sin cuadros en sus paredes, sin alfombras en sus pisos, sin tapices alegóricos a la grandeza de Alemania: todo había sido quitado y trasladado a un sitio seguro ante los intensos bombardeos aéreos.

Los jardines afuera del búnker

Los jardines afuera del búnker de Hitler en Berlín en 1947. Allí llegó el líder del nazismo el 16 de enero en tren y sin que prácticamente nadie lo notara (ADN-ZB/Archiv)

Una vez en la Cancillería, Hitler bajó a su búnker. La Real Academia Española acepta la palabra búnker y la define como fortín, como un refugio por lo general subterráneo para protegerse de bombardeos. El búnker de Hitler era una fortaleza de treinta ambientes, sistema de ventilación, paredes de hormigón de tres metros de ancho, algunas blindada; el ambiente destinado al Führer contaba con un dormitorio, un living room, una sala de mapas y conferencias, un baño privado y un office. En la misma ala tenía su dormitorio con un baño semi privado Eva Braun, la novia de Hitler que había decidido unir su destino al de aquellos derrotados.

Al otro lado de un pasillo que albergaba en un extremo un salón de conferencias, estaban los dormitorios y las oficinas de Joseph Goebbels, el fanático ministro de propaganda del nazismo, de su mujer Magda y de los seis pequeños hijos del matrimonio, todos con un nombre que empezaba con H en honor a Hitler. Goebbels también ocupaba una oficina, junto a una sala de primeros auxilios y a los consultorios y dormitorios del equipo médico de Hitler. Una puerta unía este ambiente con la sala de comunicaciones y con las entrañas del sistema de ventilación. Después del suicidio de Hitler y de Braun, el 30 de abril, Goebbels y su mujer, tal vez enamorada en secreto del Führer, decidieron suicidarse también. Antes, asesinaron a sus seis hijos de entre doce y cuatro años.

La decisión de Hitler de bajar a los sótanos de la Cancillería era casi obligada: sus dormitorios de la Cancillería o estaban destruidos, o muy dañados por las bombas incendiarias rusas. Al subterráneo mundo de Hitler se llegaba por interminables escaleras de piedra, flanqueadas por paredes de hormigón; eran construcciones repartidas en dos plantas bajo los jardines de la Cancillería salpicado por los cráteres de las bombas. Toda la zona que rodeaba a aquella sede del poder, conocida como “el barrio del gobierno”, había sido atacada por los soviéticos. Con Hitler en el búnker y ante la tragedia inminente, los nazis recurrieron al humor para cifrar su destino de derrota y de muerte. Decían en esos días que Berlín era el sitio más práctico para el cuartel general del Führer, porque pronto se podría ir del frente occidental al oriental en subterráneo.

Pero el humor era ocasional. Días después de instalado Hitler en su refugio subterráneo, el Ejército Rojo liberó el gigantesco campo de concentración de Auschwitz en Polonia y el espanto del nazismo se hizo más evidente todavía. El inmenso campo de exterminio y sus campos subsidiarios, una verdadera fábrica de muerte, mostraba a los soviéticos sus enormes hornos crematorios desmantelados y volados en el otoño de 1944. El 26 de enero una unidad de SS voló los hornos del campo de Birkenau, antes de huir diezmados por los soviéticos. En su búnker, Hitler preparaba un discurso que sería emitido el 30 de enero. Trabajaba en su estudio privado, autónomo del complejo central, con sistema propio de calefacción e iluminación y bombas de agua que funcionaban con un generador diésel. Era una habitación pequeña, de tres metros y medio por dos, con una puerta a la derecha que daba al dormitorio, una mesa escritorio, un sofá pequeño, una mesa normal y tres sillones que hacían a la habitación más pequeña y agobiante. Sobre una pared colgaba un gran cuadro de Federico el Grande que, al parecer, inspiraba al Führer en los momentos de zozobra.

Hitler y sus colaboradores durante

Hitler y sus colaboradores durante una cena en el búnker, una fortaleza de treinta ambientes, sistema de ventilación, paredes de hormigón de tres metros de ancho, algunas blindada

Hitler no quería ver a demasiada gente en los que serían sus últimos días. El camino que llevaba a su búnker estaba libre para poca gente, provista toda de documentos y pases necesarios para aprobar el intenso examen al que los sometían los guardias de las SS, armados con ametralladoras. Hasta el jefe del Estado Mayor general debía entregar su arma a los guardias y permitir que examinaran su portafolios.

Las precauciones eran reflejo del último intento de asesinar a Hitler, el 20 de julio de 1944, uno más de los cuarenta y dos intentos que no tuvieron éxito. Ese día, el coronel y conde, Klaus von Stauffenberg colocó una poderosa bomba a los pies de Hitler en su famosa “Guarida del Lobo” en Rastenburg, que entonces era Prusia Oriental. De haber tenido éxito, con Hitler muerto, los complotados hubieran buscado un acuerdo con los aliados, que habían desembarcado en Normandía el mes anterior, para poner fin a la guerra. Hitler se salvó por milagro, los complotados fueron juzgados y colgados, Stauffenberg fue fusilado la noche del atentado y meses después, el mariscal Erwin Rommel, sospechado de tener alguna vinculación con el complot, fue invitado cordialmente a suicidarse.

El 30 de enero, quince días después de instalarse en los subsuelos de la Cancillería, Hitler grabó un mensaje que fue transmitido a la nación por radio. Era el duodécimo aniversario de su llegada al poder. A Goebbels le sorprendió la decisión del Führer porque en los últimos meses había mostrado cierta reticencia a hablar en público o al público. A las diez de la noche, la voz estridente de Hitler intentó levantar la moral de soldados y civiles, apeló al espíritu de lucha alemán y exigió más sacrificios ante lo que calificó como “la más grave crisis de Europa en muchos siglos”. Acusó de esa crisis a “una conspiración mundial de la internacional judía”, a “los judíos del Kremlin”, al “espectro del bolchevismo asiático”, pero no dijo nada sobre los últimos desastres militares de Alemania.

Hitler deliraba. Pero no era estúpido. Sabía que la guerra estaba perdida, pero insistía ante sus generales, en sus cada vez más frecuentes estallidos de ira que oían en todo el complejo subterráneo a pesar de sus anchas paredes, en establecer una línea de defensa que permitiera contraatacar y llevar a los rusos de regreso a Moscú. Tal vez Hitler impulsaba la destrucción total de Alemania. Primero, para que su país no quedara a merced de los vencedores; luego, en lo que resulta una conducta habitual de los dictadores, porque creía que su patria no merecía seguir con vida: los alemanes lo habían traicionado, a él y también al Reich, sus generales eran incompetentes o, también traidores: el mundo no merecía un genio como el suyo.

Los cuerpos de Eva Braun y Adolf Hitler fueron retirados del führerbunker y ubicados en una fosa de mediana profundidad en los jardines de la Cancillería del Reich, rociados con combustible e incinerados

Ya en el último mes de su vida, en abril de 1945, las dos plantas subterráneas del búnker se vieron un poco aliviadas: militares y civiles intentaban huir de la ciudad hacia donde, presumían, avanzaban las tropas aliadas. El 16, a Hitler le quedaban catorce días de vida, salió de su salón de conferencias a las tres de la mañana, después de una reunión con jefes militares que había empezado la noche anterior. Tomó un té con Eva Braun y con sus secretarias y, a las cinco, recibió un informe que le anunciaba que el comandante del Ejército Rojo, el mariscal Georgui Zhukov había lanzado una furiosa ofensiva para conquistar Berlín. Sus generales sugirieron a Hitler retirarse de la ciudad, huir. Pero Hitler se negó.

El 20 de abril, le quedaban diez días de vida, Hitler salió a ver el sol que daba, primaveral, en los ruinosos jardines de la Cancillería. Era el día de su cumpleaños número cincuenta y seis. Encabezó entonces el que fue su último acto público: pasó revista, arengó y saludó uno por uno a una formación de chicos muy chicos pertenecientes a las Juventudes Hitlerianas. Una filmación recuerda aquel acto: hay más firmeza y decisión en los ojos de aquellas criaturas inmersas en el fanatismo, que en los ojos del propio Hitler y de los jerarcas que lo acompañan. El Führer acaricia la cabeza de algunos de los muchachitos, todos uniformados y al servicio de la defensa de Berlín, pellizca la mejilla de uno, tal vez impresionado por su edad; está apagado, sombrío, sonríe apenas ante la extrema juventud de esas tropas condenadas a la muerte, le tiembla la mano izquierda, herida en el atentado de julio. Es un acto cargado de patetismo, es también la última vez que Hitler vio la luz del sol. Por la noche, en la tensa celebración de su cumpleaños, sus hombres de confianza lo notaron silencioso y huidizo. Arrastraba los pies.

El 22 de abril, en la soledad de su búnker, Hitler ya había decidido suicidarse. Durante una reunión con sus jefes militares, cada vez más escasos porque muchos habían sido echados a gritos por él mismo, los proyectiles rusos que caían cerca de la Cancillería o dañaban su frente y parte de su interior hicieron caer un poco de polvo en aquella fortaleza subterránea. Con aparente candor, Hitler preguntó entonces: “¿Tan cerca están los rusos?”. Estaban a la vuelta de la esquina. Su alto mando volvió entonces a aconsejarle la huida, dejar Berlín atrás, buscar tal vez el amparo, si eso era posible, del ejército aliado. Hitler se negó con firmeza: “Antes, prefiero meterme un tiro en la cabeza”. Al día siguiente, aquel hombre que parecía moverse en otra realidad, notó que gran parte de sus colaboradores lo habían abandonado.

Tuvo entonces un extraño gesto de humanidad: le aconsejó a Eva Braun que huyera, que salvara su vida; pero la mujer también se negó: estaba decidida a compartir el fatal destino de Hitler, que decidió entonces casarse con ella. El lunes 23 de abril, a una semana de su suicidio, ordenó sus últimas medidas: no estaban relacionadas con la guerra, con el empuje de los ejércitos, con la soñada expansión de Alemania: hablaban de su muerte. Llamó a Heinz Linge, el oficial de las SS que era su ayuda de cámara, su jefe de protocolo y un fidelísimo seguidor, y le dijo que podía marcharse. Que lo liberaba de toda responsabilidad. Linge, de treinta y dos años, dijo a su Führer que se quedaba allí, hasta el final. Fueron instantes de decisiones extremas. Ante el avance ruso y la derrota inminente, muchos oficiales nazis se suicidaban en las calles, a la vista de los berlineses sin casas, sin comida y vestidos con harapos. Hitler dijo a Linge que tenía pensado suicidarse junto a Eva Braun. Cuando eso sucediera, dijo al joven SS, él debía rociar sus cadáveres con combustible, que además escaseaba, y darles fuego: “No permita que bajo ninguna circunstancia mi cadáver, o mis pertenencias, caigan en manos de los rusos”. Linge cumplirá con el encargo al pie de la letra. Cayó preso de los soviéticos, sobrevivió a la guerra y murió en Hamburgo en 1980.

De aquel búnker de alguna

De aquel búnker de alguna forma histórico, quedó poco y nada. Los soviéticos arrasaron con la Cancillería y, entre 1945 y 1949, intentaron borrar todo vestigio del pasado nazi (AP)

El viernes 27, en el interior de ese búnker donde se representó una gran tragedia griega, Hitler ordenó al oficial de las SS Otto Günsche que movilizara a sus ocho mil soldados para que frenaran el ataque del Ejército Rojo. Günsche era edecán de Hitler, también era joven, veintiocho años, revistaba en el Begleitkommando de las SS y era asistente personal del Führer, tan fidelísimo y sincero como Linge; trató de volver a la realidad a aquel hombre que rozaba la demencia: para enfrentar a todo el Ejército Rojo al mando de Zhukov, sólo disponía de dos mil soldados, mal equipados, en las peores condiciones para el combate. Hitler enfurece, grita que todos lo han traicionado, pero si alguien no traicionó a Hitler en esos días, fueron esos dos jóvenes oficiales. Günsche, como Linge, también sobrevivió a la guerra y murió en Bonn, en 2003.

Mientras Hitler habla con su edecán, los rusos rompieron el precario cerco defensivo de Berlín. Ya no quedaba alternativa posible ni para Hitler ni para la capital de su Reich. El sábado 28 se enteró de la muerte del dictador italiano Benito Mussolini: fusilado por partisanos en la calle, su cadáver y el de su amante habían sido colgados por los pies, junto a otros jerarcas del fascismo italiano, en la viga de una estación de servicio en construcción de la ciudad de Milán. Hitler quiso evitar ese destino para él y para quien será pronto su mujer.

Ese mismo sábado recibió la noticia de una traición, esta sí era tremenda e inesperada: Heinrich Himmler, el sinuoso jefe de las SS; responsable de todos los campos nazis de concentración esparcidos por Europa, el hombre al que él mismo había nombrado su sucesor, había buscado un acuerdo con los aliados, una rendición condicional de Alemania. Pero los aliados habían echado a los emisarios de Himmler con desprecio: la rendición alemana debía ser total e incondicional. Hitler destituyó a Himmler, ordenó su detención o su muerte si se resistía, y también ordenó fusilar al general Hermann Fegelein, enlace de Himmler con el búnker y cuñado de Eva Braun. Himmler se suicidó ocho semanas después de la derrota al ser capturado por los británicos en Salzburgo, la tierra de Mozart.

Según Hanna Reitsch, una célebre aviadora y piloto de pruebas que sobrevivió a la guerra y murió en Frankfurt en 1979, aquella noche del 28 de abril Hitler reunió a sus colaboradores más íntimos y, en una escena digna de una ópera de Wagner, mantuvo una animada charla sobre cómo pensaba cada uno que era la mejor manera de quitarse la vida cuando los soviéticos llegaran a la Cancillería. Luego, entre los participantes de tan extremo intercambio de ideas, se distribuyeron cápsulas de cianuro, como si fuesen caramelos, para quien eligiera morir envenenado.

En la madrugada del 29,

En la madrugada del 29, un día antes de morir, Hitler se casó en su búnker con Eva Braun. Los testigos de la boda fueron Goebbels y el jefe del partido nazi Martin Bormann, a todos les quedaban apenas horas de vida (Grosby)

Esa noche, y durante las primeras horas del domingo 29, Hitler escribió su testamento político y personal y, en medio de esa hecatombe de sangre, cianuro y pólvora, ordenó que alguien fuese a buscar a un funcionario del registro civil para que celebrara su boda con Eva Braun. Llamó a su secretaria, Traudl Junge y le dictó: “Al final de mi vida, he decidido casarme con la mujer que, después de muchos años de verdadera amistad, ha venido a esta ciudad por voluntad propia, cuando ya estaba casi completamente sitiada, para compartir mi destino. Es su deseo morir conmigo como mi esposa. Esto nos compensará por lo que ambos hemos perdido a causa de mi trabajo al servicio de mi pueblo”.

Hitler legó todos sus bienes al Estado alemán, salvo su colección de pinturas, era bastante torpe pincel en mano, que legó a su ciudad natal, Linz, con la intención de que allí se abriera una galería de arte. También donó varios objetos personales a la madre de Eva Braun; a los hermanos de quien sería en pocas horas su mujer, legó los derechos de su único libro, Mein Kampf (Mi Lucha). Parecía el testamento de un filántropo y no el de un hombre que había desatado la más sangrienta guerra de la historia. Después, Hitler dispuso su última voluntad: “Mi esposa y yo elegimos la muerte para evitar el deshonor de la derrota o la capitulación. Es nuestro deseo ser incinerados inmediatamente en el lugar donde he hecho la mayor parte de mi trabajo durante el curso de mis doce años de servicio a mi pueblo”.

En la madrugada del 29, Hitler se casó en su búnker con Eva Braun. Los testigos de la boda fueron Goebbels y el jefe del partido nazi Martin Bormann, a todos les quedaban apenas horas de vida. Los casó Walter Wagner, un sorprendido funcionario del registro civil al que habían sacado de la cama para la ceremonia. La pareja juró ser de ascendencia aria y carecer de enfermedades hereditarias, como especificaban las leyes dictadas por el nazismo. Después, la pareja y los testigos firmaron el acta matrimonial. Eva Braun casi firma con su apellido de soltera, llegó a escribir la B mayúscula, pero la tachó y firmó Eva Hitler.

El lunes 30 de abril, el recién casado despertó tarde para presidir la habitual reunión sobre la marcha de la guerra. El general Helmut Weiding le dio la noticia: los rusos estaban a quinientos metros de la Cancillería y un batallón se preparaba para tomar por asalto el Reichstag, el edificio del parlamento alemán. Al mediodía, el flamante matrimonio almorzó en silencio un plato de fideos con salsa de tomate. Eva Hitler pretextó algo de cansancio para levantarse de la mesa, salir a los jardines y ver el sol por última vez. Después, la pareja se encerró en sus habitaciones.

Un soldado estadounidense revisa el

Un soldado estadounidense revisa el escondite de Hitler tras la ocupación de Berlín por parte de los aliados

La última persona que vio vivo a Hitler fue el fiel edecán Günsche. Luego declararía que a las tres y cuarto de la tarde Hitler estaba apoyado en la mesa de su despacho, frente al retrato de Federico el Grande, y que Eva Hitler estaba en el baño porque él oyó el ruido de descarga de la cisterna. Luego, cuando las puertas quedaron cerradas y clausuradas, los únicos que montaron guardia cerca de ellas fueron Günsche y Linge, encargados de cumplir la última voluntad de su jefe.

A las tres y media de la tarde, los dos SS debatieron si habían oído o no el ruido de un disparo, apagado tal vez por las gruesas paredes de hormigón y difícil de distinguir entre el fragor de la batalla cercana. Por fin, cerca de las cuatro, los dos oficiales decidieron entrar al despacho. Hitler parecía descansar con la cabeza apoyada en el respaldo de un sillón. Tenía un agujero de bala en la sien derecha y un rictus en la boca en la que eran detectables los restos del fino vidrio de una cápsula de cianuro. Del agujero en la cabeza todavía surgía sangre. Su mano izquierda aferraba el retrato de su madre y la derecha estaba caída hacia el suelo cerca de donde había ido a parar su pistola Walther 7.65. Su mujer, que lo había sido por menos de cuarenta horas, estaba descalza, las piernas recogidas sobre el sofá, también con pequeños cristales en la boca.

De aquel búnker de alguna forma histórico, quedó poco y nada. Los soviéticos arrasaron con la Cancillería y, entre 1945 y 1949, intentaron borrar todo vestigio del pasado nazi. En diciembre de 1947 quisieron incluso volar la construcción subterránea, pero sólo lograron dañar los muros de separación. Todo aquel complejo quedó del lado soviético cuando el Muro de Berlín dividió en dos la ciudad.

En los años 50, la que había sido la puerta de emergencia del búnker de Hitler, estaba ocupado por una playa de estacionamiento. En junio de 2006, como parte de los preparativos de la Copa Mundial de la FIFA, las autoridades de la Alemania unificada instalaron un gran panel informativo con un tablero que mostraba el diagrama esquemático del complejo. A la ceremonia de inauguración fue invitado el anciano Rochus Misch, uno de los últimos en salir del búnker después del suicidio de Hitler.

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