El encarcelamiento de Anthony Casso en una prisión de máxima seguridad en Arizona marcó el cierre de una de las trayectorias más violentas y temidas de la mafia neoyorquina.
El antiguo subjefe de la familia Lucchese, una de las organizaciones criminales de Nueva York, Estados Unidos, acumuló un historial delictivo que, según sus propios dichos, incluyó la muerte de al menos 36 personas y la orden de ejecución de por lo menos 100 más.
La ironía de su destino radica en que, tras construir su reputación en la mafia eliminando informantes, terminó colaborando con el gobierno de Estados Unidos y brindando uno de los testimonios más polémicos en la historia del crimen organizado.
El apodo de Gaspipe (Tubo de gas) acompañó a Anthony Casso desde su juventud en Brooklyn, donde nació el 21 de mayo de 1942. Su infancia transcurrió entre los edificios de la calle Union, cerca del río, donde se entretenía disparando a los pájaros con un rifle modificado y participaba en peleas juveniles junto a la pandilla llamada South Brooklyn Boys.

Su entorno familiar ya estaba marcado por la delincuencia: su padre, además de trabajar como estibador, tenía antecedentes por robos en los años cuarenta. Aunque intentó apartar a su hijo de ese ambiente, la admiración de Casso por el pasado criminal paterno fue más fuerte. El joven adoptó el sobrenombre con el que su padre era temido en las calles, convencido de que el tubo de gas era la herramienta predilecta de su progenitor para castigar a los que se le ponían enfrente.
El ingreso formal de Casso en la mafia sucedió a los 21 años, cuando fue reclutado por la familia Lucchese, la tercera en importancia dentro de las cinco grandes organizaciones mafiosas de Nueva York.
Inició su carrera mafiosa como prestamista y recaudador de apuestas para Christopher Furnari en los muelles de Brooklyn. Su sentido del humor negro quedó registrado en un incidente relatado por un detective: después de que un obrero presumiera de zapatos nuevos, Gaspipe utilizó una carretilla elevadora para dejar caer sobre sus pies unos 225 kilos de carga, fracturándole casi todos los dedos. Luego, bromeó diciendo que solo quería comprobar la calidad del calzado.
Entre 1965 y 1977, las autoridades arrestaron a Anthony Casso en cinco ocasiones por distintos delitos, desde asalto con arma hasta tráfico de heroína. Ninguno de los cargos prosperó, porque los testigos se negaban sistemáticamente a declarar en su contra.
Esa impunidad le permitió escalar posiciones rápidamente y, en 1979, fue aceptado oficialmente como miembro pleno de la familia Lucchese derecho junto con Vittorio Amuso. Juntos, se dedicaron a extorsionar a contratistas y empresas de transporte, manejar redes de juego ilegal y traficar estupefacientes.

La ambición de Casso lo llevó a formar parte del grupo conocido como la Banda del Bypass, especializados en abrir cajas fuertes. Se estima que, hacia finales de los años ochenta, ese grupo había robado el equivalente a 100 millones de dólares en efectivo y bienes.
Paralelamente, el clima dentro de la mafia neoyorquina se volvió aún más turbulento tras el asesinato del jefe Paul Castellano en diciembre de 1985. El atentado, orquestado por John Gotti sin el permiso de la Comisión que regulaba los asuntos de las cinco familias, provocó la furia de los jefes de los Lucchese y los Genovese.
La respuesta llegó de la mano de Anthony Casso y Vittorio Amuso, quienes, con información interna proporcionada por el capo Daniel Marino de los Gambino, planearon un atentado con coche bomba dirigido a John Gotti. La bomba, colocada en el vehículo de Frank DeCicco, subjefe de Gotti, explotó el 13 de abril de 1986. Aunque Gotti se salvó por cancelar su asistencia a última hora, DeCicco murió en el acto.
La detención y condena por asociación ilícita de Anthony Corallo, entonces líder de los Lucchese, en noviembre de 1986, abrió el camino para que Amuso asumiera el mando. Casso, en ese contexto, pasó a ser consejero principal y, poco después, subjefe del clan mafioso.

Su paranoia lo llevó a tomar medidas extremas contra cualquier sospechoso de colaborar con las autoridades. Para asegurarse información privilegiada, Casso sobornó a dos agentes del Departamento de Policía de Nueva York, Louis Eppolito y Stephen Caracappa, quienes le alertaban sobre delaciones e investigaciones a cambio de 4.000 dólares mensuales. Ambos policías llegaron a asesinar a ocho personas por orden directa de Casso. El mafioso, en 1994, contó su “arreglo” con los dos policías. Confesó que les había pagado un total de 375.000 dólares. Ese caso terminó con la condena de los policías luego de que otro testigo declarara en el mismo sentido en el que lo había hecho el segundo de la familia Lucchese cuando cayó detenido.
La vida de lujos del mafioso incluía gastos de 30.000 dólares en trajes y cenas que podían superar los 1.000 dólares. En 1990, ya como subjefe, Casso era responsable directo de la muerte de al menos 17 personas en Harlem, el Bronx y Nueva Jersey. Su fortuna le permitió iniciar la construcción de una mansión valorada en un millón de dólares en la zona de Mill Basin, en Brooklyn. Paralelamente, los cuerpos de sus víctimas aparecían en garajes, baúles de automóviles o simplemente desaparecían sin dejar rastro.
La red de corrupción tejida por Casso le permitió eludir una acusación por asociación ilícita en 1990, cuando sus contactos en la policía le advirtieron de una inminente imputación federal en Brooklyn. Decidió entonces fugarse junto con Amuso. Un año más tarde, las autoridades capturaron a este último en Scranton, Pensilvania. Casso, mientras tanto, nombró a Alfonso D’Arco como jefe interino y continuó dirigiendo las operaciones desde la clandestinidad.
Durante ese periodo, Casso ordenó cerca de 24 asesinatos adicionales, incluida la tentativa de eliminar a su propio arquitecto por reclamar pagos atrasados de la mansión de Mill Basin. Ni siquiera su entorno cercano estaba a salvo: intentó asesinar al capitán Peter Chiodo y a la hermana de este, aunque ambos sobrevivieron.
La violencia indiscriminada de Casso y su incapacidad para frenar la ola de informantes dentro de la familia Lucchese motivaron a Alfonso D’Arco a buscar protección del FBI. Temiendo por la vida de sus hijos, decidió colaborar con las autoridades. Mientras tanto, Casso llegó a planear el asesinato de un fiscal federal y de un juez en 1992 y 1993.
El 19 de enero de 1993, hace 32 años, agentes federales arrestaron a Anthony Casso cuando salía de la ducha en la casa de su amante en Budd Lake, Nueva Jersey. Posteriormente, Casso se declaró culpable de 72 cargos criminales en 1994, incluidos 14 homicidios y asociación ilícita.
Al buscar un acuerdo con la fiscalía, delató a figuras clave como los policías Eppolito y Caracappa, lo que le permitió ingresar en el programa de protección de testigos pese a estar cumpliendo condena en una prisión federal.

La permanencia de Casso en el programa de testigos fue corta. Las reiteradas denuncias de sobornos y agresiones derivaron en su expulsión en 1997. Al año siguiente, un juez federal lo condenó por los delitos de asociación ilícita, conspiración para asesinar, asesinato, soborno, extorsión y evasión fiscal. La sentencia ascendió a 455 años de prisión.
Los últimos años de Anthony Casso transcurrieron entre los muros de la Penitenciaría de Tucson, en Arizona. En 2009, los médicos le diagnosticaron cáncer de próstata. Cuando se contagió de COVID-19 el 5 de noviembre de 2020, ya dependía de una silla de ruedas y sufría problemas respiratorios. El 28 de noviembre de 2020, un juez rechazó su solicitud de libertad compasiva y, el 15 de diciembre, Casso falleció intubado en un hospital penitenciario.
La figura de Anthony Casso resume la mutación de la mafia neoyorquina en los años ochenta y noventa, cuando la descomposición interna y la presión policial permitieron el ascenso meteórico de personajes dispuestos a traspasar cualquier límite. Ronald Goldstock, quien fue director de la Fuerza de Tarea contra el Crimen Organizado del Estado, explicó que esa inestabilidad interna “permitió que figuras como Casso se volvieran poderosas de la noche a la mañana”.

La violencia sin miramientos de Casso generaba opiniones encontradas incluso entre los investigadores. “No es brillante. Es un asesino psicópata”, sentenció William Y. Doran, quien fue jefe de la División Criminal del FBI en Nueva York.
El ascenso y caída de Anthony Casso dejó una estela de temor y traiciones insospechadas. Su historia, atravesada por la contradicción entre la lealtad mafiosa y la delación final, se inscribe como uno de los episodios más complejos y sangrientos en la historia del crimen organizado de Estados Unidos.
