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La batalla de Stalingrado: millones de muertos, un mariscal que se opuso a Hitler y el principio del fin para los nazis

Redacción
Publicado el: 2 febrero 2026 5:12 am
Por Redacción
27 minutos de lectura
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La batalla de Stalingrado: millones de muertos, un mariscal que se opuso a Hitler y el principio del fin para los nazis
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La victoria soviética en la derruida Stalingrado, una ciudad luego calificada como heroica, fue el punto de partida de la reacción y de la contraofensiva del Ejército Rojo

Fue una larga batalla que duró ciento setenta y cuatro días, entre el 23 de agosto de 1942 y el 2 de febrero de 1943, y que decidió el destino de la Segunda Guerra Mundial. Enfrentó como nunca antes, a dos potencias que ya estaban enfrentadas desde 1941: la Alemania de Adolfo Hitler y la Unión Soviética de José Stalin. Además de una larga batalla decisiva, fue uno de los episodios más sangrientos de aquella guerra mundial que si algo no ahorró, fue sangre.

La victoria soviética en la derruida Stalingrado, una ciudad luego calificada como heroica, fue el punto de partida de la reacción y de la contraofensiva del Ejército Rojo, que inició un arrollador avance hacia el norte, hacia Berlín, en persecución de unas tropas alemanas en retirada y sin esperanzas: el jefe de las tropas en Stalingrado, la ciudad de Stalin, el mariscal Gueorgui Zhúkov, ya no se detendría desde los escombros de la ciudad hasta los escombros de la Cancillería, a la que llegaron cuando ya ardían en sus jardines los cadáveres de Hitler y de su mujer, Eva Braun.

¿Cuándo es que termina una batalla? ¿Es cuando uno de los dos bandos se rinde? ¿Es cuando se firma el documento de la rendición? ¿Es cuando se dispara la última bala? Las tropas alemanas al mando del general Friedrich von Paulus se rindieron a los soviéticos el 31 de enero de 1943. El jefe alemán firmó la rendición pero luego dijo que había sido hecho prisionero por los rusos, en un intento de ocultar su decisión que ya era inocultable. Una parte del ejército alemán, cercada en el sector norte de la ciudad, no supo de la rendición; luchó dos días más, hasta que supo de la derrota y se rindió el 2 de febrero, hace ya ochenta y tres años, que es la fecha que fijó la historia, que a menudo viaja de la mano del capricho.

Los heridos y mutilados sumaron

Los heridos y mutilados sumaron más de un millón tras el final de la batalla de Stalingrado

Cuando la batalla de Stalingrado terminó, en calles y campos quedaron tendidos más de ochocientos mil soldados alemanes y sus aliados italianos, romanos, croatas y húngaros, y un millón doscientos mil soldados y civiles soviéticos. Los heridos y mutilados sumaron más de un millón. ¿Qué importancia tenía Stalingrado en la campaña alemana contra la Unión Soviética lanzada con el nombre de “Operación Barbarroja” en junio de 1941? Para Hitler tenía un valor estratégico relativo y otro simbólico que juzgó esencial.

Los alemanes intentaron tomar Moscú y llegar en su avance arrollador hasta el petróleo del Cáucaso que iba a proveer el combustible imprescindible para proseguir con su guerra. Stalingrado vivía camino al Cáucaso. Pero aquella era la ciudad de Stalin, tomarla derivaría en un brutal éxito de propaganda, más que militar. Los alemanes tenían ya sitiada otra ciudad simbólica de los soviéticos, Leningrado, la ciudad de Lenin, que había sido San Petersburgo, la vieja capital del imperio ruso: Stalingrado en manos alemanas sonaba a preludio de victoria en la mentalidad encaprichada, infantil y psicótica del Führer.

Stalin quería esa ciudad en manos soviéticas por lo mismo: la derrota era impensable, la rendición ante los alemanes era imposible: no había otro camino más allá de la victoria o de la muerte. Para Hitler la conquista de Stalingrado era un deber, el fracaso era impensable, el triunfo era obligado: no había otro camino más allá de la victoria o de la muerte. Aquellas dos bestias de la guerra apostaron todo a una batalla, en un escenario que en otros tiempos había sido agreste, tal vez apacible. La ciudad era un largo lagarto de veinticuatro kilómetros de largo sobre el Volga y unos diez kilómetros de ancho extendidos hacia el oeste, que era el lado más poblado, el más útil, el más rico, el más cuidado. El lado este del Volga estaba casi olvidado. No existían puentes que unieran las dos orillas, conectadas por un servicio de lanchas y barcazas. El verano calcinaba y el invierno congelaba las aguas del río hasta impedir la navegación y el paso de vehículos pesados.

En la ciudad brillaba como ejemplo del triunfo socialista una importante industria militar con una fábrica insignia, “Octubre Rojo”, y unos talleres donde se diseñaban, elaboraban y ensamblaban cañones y tractores: “Barricady”. Un vital nudo ferroviario unía a Moscú con el Mar Negro y el Cáucaso; y el puerto sobre el Volga era parte de la vida comercial de la ciudad que recibía bienes y alimentos gracias a esas aguas.

Los tanques poco podían hacer

Los tanques poco podían hacer entre las ruinas de Stalingrado

El 17 de julio de 1942 los alemanes se lanzaron a tomar Stalingrado. Dos días después Stalin ordenó los preparativos para defenderla: prohibió a los civiles abandonarla, una medida perversa, también suicida, que pretendía alentar el valor de las milicias soviéticas haciéndolas conscientes de lo que padecerían sus familias en manos del terror nazi si se perdía Stalingrado: sólo los trabajadores especializados fueron trasladados detrás los Urales, adonde había ido a parar toda la industria armamentista.

La ofensiva alemana tuvo éxito inmediato: en pleno verano, los nazis habían empujado a los soviéticos a las márgenes del río Don, a sesenta y cinco kilómetros de la ciudad. El 24 de julio, en Berlín, Hitler volvió a redactar los objetivos de la campaña militar de ese año que ahora contemplaba la ocupación de Stalingrado, a la que intentaba borrar de la faz de la tierra: dijo que sus hombres matarían a todos los varones y deportarían a todas las mujeres y a todos los chicos porque se trataba de “una población comunista y especialmente peligrosa”. En lo de peligrosa no le faltaba razón.

Cuatro días después, el 28, turbado por el avance alemán hacia el Volga, Stalin firmó la orden 227 que ordenaba a sus comandantes en el frente impedir de cualquier modo la retirada de sus hombres. Cualquier modo era cualquier modo: autorizó a los oficiales a fusilar a todo soldado soviético que intentara retroceder, y habilitó a las mujeres a combatir en gran escala y a la par de los hombres. En ese documento es donde figura la frase: “¡Ni un paso atrás!”, que sería luego lema de la resistencia antifascista soviética. Así fue cómo se luchó en Stalingrado hasta la muerte y hasta que la vida fuese imposible.

Von Paulus batallaba incómodo. Como en toda la campaña alemana en Rusia, las fuerzas nazis avanzaban más rápido que su propia logística. Vasili Grossman, el gran historiador soviético de la guerra, pone el drama en boca de un oficial nazi que escribe a su familia: “Me sorprende la vastedad de Rusia”. Con dificultades para abastecer de combustible a sus tanques, las tropas alemanas llegaron a sesenta kilómetros de Stalingrado, con treinta y cinco mil prisioneros a cuestas y una flota de vehículos blindados y cañones capturados. Entonces llegaron los bombardeos.

Bajo el frío del invierno

Bajo el frío del invierno inminente, desgastados por una guerra de guerrillas urbana y entre ruinas, los alemanes lo pasaban también muy difícil (Soviet Newsreels Picture via AP, File)

El 23 de agosto aviones Heinkel 111 y Junkers 88 lanzaron más de mil toneladas de bombas. Sólo ese día murieron cinco mil personas en la ciudad que, al cabo de una semana de bombardeos constantes, sumarían cuarenta mil. Con más de cuatro mil de sus edificios destruidos, Stalingrado estaba en ruinas. Sobre finales del mes, la infantería alemana llegó a internarse en los suburbios del noreste, mientras los tanques Panzer intentaban avanzar por el sur y la Lutwaffe de Herman Göring bombardeaba lo que quedaba en pie de la ciudad, que era muy poco. De esos escombros, nació una nueva forma de pelear la guerra. El 62 Ejército soviético decidió plantar sus defensas en puntos fijos de disparo, entre las ruinas de las fábricas y de los edificios: ahora se libraba una “guerra urbana” entre ruinas y despojos, una guerra para la que los alemanes no estaban preparados. Fue entonces cuando un nuevo enemigo cargó contra alemanes y soviéticos: el hambre. Con sus vías de comunicación cortadas, ante la imposibilidad de aprovisionarse por el Volga, en manos alemanas, con la ciudad sitiada y el invierno inminente, el hambre castigó primero a Stalingrado, donde se luchaba casa por casa.

Nada habla mejor de una batalla que las voces de la guerra. Valentina Savelyeva tenía cinco años cuando fue testigo de los brutales combates callejeros y cuando huyó de una muerte segura de la mano de su madre: ambas fueron a parar a un barranco cercano que llegaba al Volga. Muchos años después, recordaría para un documental de la BBC: “Cuando cierro los ojos veo el Volga en llamas por el petróleo derramado. Cavamos agujeros en la arcilla para vivir. No trincheras, sino agujeros. Como los conejos, como los animales. Todo estaba en llamas y oíamos rugir a los aviones. Nuestros soldados lanzaban bombas contra tanques y aviones alemanes y, también, sobre nosotros. El momento más terrible fue el 20 de noviembre, cuando los nazis estuvieron a punto de tomar la planta “Octubre Rojo”. Nuestros padres no nos dejaban salir de los agujeros, pero ellos ayudaron a los heridos mutilados: les vendaban las manos y las piernas hasta que llegaran los médicos. No había comida. Solo lodo, que pasó a ser ligeramente dulce. Comíamos barro y nada más que barro. Y bebíamos agua del Volga”. El leve contenido de azúcar de la arcilla mantuvo a Valentina con vida. Su hermanito murió de hambre.

En secreto, el alto mando soviético preparaba una contraofensiva gigantesca. Mientras, el ejército de von Paulus y el Cuarto Ejército alemán, dotado de tanques Panzer que servían de nada entre las ruinas, sufrían grandes pérdidas de hombres en su lucha calle por calle, casa por casa, escombro por escombro. El coronel David Glantz, uno de los expertos de la batalla, autor de “Tetralogía de Stalingrado”, diría luego: “Los contragolpes rusos entre agosto y septiembre en el norte de la ciudad, desbarataron los planes del Sexto Ejército que pretendía conquistar de inmediato el distrito fabril de Stalingrado. En cambio, llevaron a las tropas del general von Paulus a una batalla fragmentada, casa por casa, fábrica por fábrica, para terminar con las defensas soviéticas”.

Bajo el frío del invierno inminente, desgastados por una guerra de guerrillas urbana y entre ruinas, los alemanes lo pasaban también muy difícil: “Hasta el último momento, la mayoría de los oficiales esperó la ayuda del exterior. La falta de víveres, de refuerzos y de proyectiles de artillería hizo que fuese físicamente imposible seguir luchando. Estábamos muertos de hambre y la mayoría sufríamos daños por congelación”, admitiría luego el teniente alemán Herrmann Strotmann. De todas formas, los alemanes lanzaron tres grandes ofensivas entre el 14 y el 26 de septiembre, entre el 27 de septiembre y el 7 de octubre y entre el 17 y el 29 de octubre: pusieron entre la espada y la pared al 62 Ejército que ya estaba al mando del general Gueorgui Zhúkov. Los invasores lograron llegar al centro urbano, cerca del embarcadero del Volga donde las escenas eran terribles. “Todo estaba en llamas -recordaría, ya anciano, Konstantin Duvanov, defensor de Stalingrado a sus veinte años- La orilla del río estaba cubierta de peces muertos, mezclados con cabezas humanas, brazos, piernas… todo en la playa. Eran los restos de las personas que eran evacuadas a través del Volga y habían sido bombardeadas por los alemanes”.

Hitler sabía que Stalingrado estaba

Hitler sabía que Stalingrado estaba perdida. El 16 de enero, la Wehrmacht la había hablado en términos sombríos de una “lucha defensiva de heroica bravura contra un enemigo que ataca por todas partes”

El gran biógrafo de Hitler, Ian Kershaw, describió aquellos días de septiembre de 1942: “Stalingrado se había convertido ya en una batalla de una intensidad y una ferocidad difícilmente imaginables, La lucha se desarrollaba a menudo disparando casi a quemarropa, calle por calle, casa por casa. Las tropas alemanas y soviéticas luchaban prácticamente cuerpo a cuerpo. La conquista final de lo que se había convertido en poco más que un cascarón de ruinas humeantes, podría llevar semanas, meses incluso”.

El mariscal Zhúkov había llegado a Stalingrado el 29 de agosto, consagrado por Stalin como su mano derecha en la guerra. El 12 de septiembre había destituido al general Anton Lopatin, acusado de cobardía ante el enemigo, y lo había suplantado por un tipo de los duros, el general Vasili Chuikov, que comandaba el 64 Ejército Rojo desplegado al sur de Stalingrado. Chuikov era conocido por que no se tiraba al suelo durante los bombardeos nazis. “Mi orgullo no me lo permite. Tal vez me comportaría distinto si estuviera solo. Pero nunca estoy solo. Un comandante ve morir a miles de hombres. Pero eso no debe afectarle. Puede llorar luego, a solas. Pero aquí tiene que permanecer de pie, como una roca.”

Cuando Chuikov llegó al escenario de la batalla, uno de los comisarios políticos de Stalin le preguntó por sus objetivos, y él contestó con el paradigma estaliniano: “Defender la ciudad o morir en el intento”. Uno de aquellos interrogadores era un enviado especial de Stalin al frente de Stalingrado: Nikita Khruschev, que luego sucedería al jerarca ruso y sería un actor clave en los años iniciales de la Guerra Fría.

Chuikov reorganizó la defensa de la ciudad, trató de elevar la moral de sus tropas, de retirar sus tanques del campo de batalla, que, como los tanques alemanes, poco podían hacer entre los escombros; reforzó las defensas antiaéreas que eran operadas por mujeres, retiró parte de su artillería al otro lado del Volga y fomentó el desplazamiento de francotiradores.

Turbado por el avance alemán

Turbado por el avance alemán hacia el Volga, Stalin firmó la orden 227 que ordenaba a sus comandantes en el frente impedir de cualquier modo la retirada de sus hombres (AP Photo/File)

Los soviéticos intentaban ganar tiempo para lanzar su “Operación Urano”, la gigantesca contraofensiva contra los alemanes. Mientras los estrategas trazaban sus planes, la sangre alemana y rusa corría a raudales por las calles, las que quedaban en pie, de Stalingrado. La Operación Urano, que los alemanes no vieron venir, cayó sobre los alemanes en noviembre, junto con las primeras nevadas y el frío intenso. Estuvo a cargo de Zhúkov desde el norte y del coronel general Aleksander Vasilevski desde el sur; de la ciudad sitiada se encargaba Chuikov. El plan no solo buscaba recuperar Stalingrado, sino que aspiraba a envolver y a destruir al Sexto Ejército alemán de von Paulus. Eso fue lo que pasó. Y los sitiadores quedaron sitiados.

En ese cerco, al que los alemanes llamaron “Der Kessel – El Caldero”, quedaron embolsados trescientos treinta mil soldados, debilitados por el hambre y el frío y con la promesa de Herman Göring, desde Berlín, de enviarle toneladas de alimentos y municiones en aviones de la Luftwaffe. Era un delirio de Göring que ni siquiera tenía ya a su mando una división de aviones en condiciones de combatir.

Finalmente, en enero de 1943, la suerte alemana estaba echada. Cercados por los rusos, el hambre, el hielo y la derrota, los hombres de von Paulus quedaron empantanados en las calles que habían sitiado. Tenían defensores de Stalingrado al frente, y dos Ejércitos Rojos a la espalda. El 22 de enero, Von Paulus envió un mensaje personal a Hitler: “Mi Führer: se nos agotan las municiones y el combustible. Abastecimiento suficiente y oportuno es imposible. En estas circunstancias, solicito plena libertad de acción. Paulus.”

Hitler sabía que Stalingrado estaba perdida. El 16 de enero, la Wehrmacht la había hablado en términos sombríos de una “lucha defensiva de heroica bravura contra un enemigo que ataca por todas partes”; si el Führer pensó en algo fue en cómo dar a conocer la derrota al pueblo alemán. El pedido de von Paulus para rendirse lo enfureció. La mañana de ese mismo día había hablado con su ministro de propaganda, el fanático Joseph Goebbels, para que instruyera a la prensa para que hablara del “gran sacrificio conmovedor y heroico que las tropas cercadas en Stalingrado ofrecen a la nación alemana”. A última hora, telegrafió al Sexto Ejército para decirles que habían hecho “un aporte histórico a la lucha más grande de la nación alemana” y los instaba a “mantenerse firme hasta el último hombre y la última bala”. Era el suicidio.

De los ciento trece mil

De los ciento trece mil prisioneros que quedaron en manos soviéticas, sólo unos seis mil regresaron a Alemania ya entrados los años 50 (AP Photo/Alvin Steinkopf, File)

El Sexto Ejército no estaba para telegramas inflamados. Había empezado a resquebrajarse y el 23 quedó cortado en dos cuando los soviéticos del sur y del oeste se unieron y dejaron a miles de soldados cercados. El 29 de enero, los alemanes izaron la bandera blanca. En medio de esa locura de sangre, fuego y muerte, von Paulus quiso salvar las formalidades: envió un telegrama de felicitación a Hitler en vísperas del décimo aniversario de su acceso al poder.

Hitler estaba en otra cosa. Ese 30 de enero ni siquiera dio su habitual discurso celebratorio de su llegada tumultuosa a la Cancillería del Reich: se encerró en su cuartel general y encomendó a Goebbels la lectura de una proclama; a lo largo de todo aquel texto sólo había una frase destinada a Stalingrado: “La lucha heroica de nuestros soldados en el Volga debería ser una advertencia para que todo el mundo hiciera el máximo esfuerzo en esta lucha por la libertad de Alemania y el futuro de nuestro pueblo y, en un ámbito más amplio, por la supervivencia de todo nuestro continente”.

En Stalingrado el telón estaba a punto de caer. Los restos del Sexto Ejército iniciaron la noche del 30 los primeros sondeos de aproximación con los soviéticos. Las negociaciones empezaron el 31. Ese día, desde Berlín, llegó el ascenso de von Paulus a mariscal de campo. Era otra trampa de Hitler. Ningún mariscal de campo se había rendido nunca antes en la historia alemana. Pero von Paulus no era un general hitlerista, era un general inspirado todavía en el viejo espíritu prusiano al que tantos de sus camaradas habían olvidado. Había visto morir a gran parte de sus soldados y no quiso más muertos. Se rindió a las cinco cuarenta y cinco de la mañana del 31 de enero.

Finalmente, en enero de 1943,

Finalmente, en enero de 1943, la suerte alemana estaba echada. Cercados por los rusos, el hambre, el hielo y la derrota, los hombres de von Paulus quedaron empantanados en las calles que habían sitiado

Fuera de sí, Hitler estalló de furia en su cuartel general: “He aquí a un hombre que se pone a hacer consideraciones mientras entre cincuenta y sesenta mil de sus soldados mueren y se defienden valientemente hasta el final. ¿Cómo pudo entregarse a los bolcheviques? (…) ¿Cómo se puede ser tan cobarde como para retroceder ante esto? ¡Es tan fácil! La pistola… es tan sencillo”.

El flamante mariscal no tenía en mente suicidarse. Dijo entonces a su estado mayor, con cierto desprecio: “No tengo intenciones de dispararme por ese cabo bohemio”, en referencia a Hitler y a su grado militar durante la Primera Guerra Mundial. Su estado mayor le prohibió incluso suicidarse “para seguir el destino de sus soldados”. Dos días después, el 2 de febrero, las últimas tropas alemanas del 51 Cuerpo de Ejército al mando del general Karl Streker se rindieron a los soviéticos. La batalla de Stalingrado había terminado.

De los ciento trece mil prisioneros que quedaron en manos soviéticas, sólo unos seis mil regresaron a Alemania ya entrados los años 50. Uno de ellos fue von Paulus. Los soviéticos lo liberaron en 1953. En febrero de 1946 lo habían llevado en secreto a Núremberg, durante el histórico juicio a lo que quedaba de la jerarquía nazi y, en una maniobra espectacular, lo presentaron como testigo de cargo contra los acusados de crímenes contra la humanidad. Von Paulus murió en Dresde el 1 de febrero de 1957, catorce años y un día después de su rendición.

Stalingrado ya no se llama así. En 1961, después de que Nikita Khruschev, culpara a Stalin de todos los males de la URSS y aboliera el culto a la personalidad, tan caro al marxismo y al populismo, Stalingrado pasó a ser Volvogrado. Aún es así, dividida por el Volga y con una orilla más floreciente que la otra. Sin embargo, los sobrevivientes y los herederos de aquellos días de sangre y gloria pidieron, y el Parlamento otorgó, que ante hechos puntuales y muy específicos, la ciudad recuperara su antiguo nombre… sólo por veinticuatro horas.

Sucede cada 2 de febrero.

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