La captura del dictador Nicolás Maduro en Caracas el 3 de enero reactivó expectativas largamente postergadas en Venezuela, pero también dejó al descubierto una marca más profunda: la normalización del desencanto. Tras más de dos décadas de chavismo, la caída del principal rostro del poder no aparece, para buena parte de la población, como el inicio automático de una transformación, sino como un episodio aislado dentro de una estructura que muchos perciben intacta.
Las voces recogidas en la capital reflejan hasta qué punto el régimen chavista no solo degradó las condiciones materiales de vida, sino también la confianza en la posibilidad de un cambio real. La idea de futuro en Venezuela aparece fragmentada, condicionada, reducida a demandas mínimas, después de años de promesas incumplidas, controles políticos y concentración del poder.
Noraida Acuña, residente de Caracas, resume esa desconfianza estructural que atraviesa el discurso ciudadano: “Eso es lo que esperamos todos aquí: que cambie el gobierno, que cambie todo, ¿sabes? Porque ¿qué vamos a hacer con que se llevarán a Maduro y quede la gente aquí, igualito robando? No hacemos nada. Estamos en lo mismo. Entonces, ¿no vamos a hacer nada? Que se llevaron a Maduro y quedaron estos aquí haciendo trampas y tras trampas, ¿no? Queremos que se vayan todos.” Su testimonio expone una percepción extendida: el chavismo no se agota en una figura, sino que dejó redes políticas, administrativas y económicas que sobreviven a la caída del líder. La demanda no es solo alternancia política, sino desmontaje del sistema.
Esa desilusión social también se manifiesta en reclamos básicos que, tras años de crisis económica, reemplazaron cualquier expectativa de progreso. Yolanda Hernández pone el foco en la salud pública en Venezuela, uno de los sectores más deteriorados durante el chavismo: “Dicen que sí para los hospitales, que en los hospitales no hay nada. Es una tristeza para los hospitales. Debería haber algo. Digo yo, tanta plata que gastan, háganlo en los hospitales, que eso es algo muy importante. La salud, amiguita, ¡que fuese gratis aquí! Para eso somos un país rico.” La referencia a la riqueza nacional contrasta con la precariedad cotidiana y expone una contradicción central del modelo chavista: un Estado con abundantes recursos, pero incapaz de traducirlos en servicios públicos básicos.
En medio del vacío de certezas, los anuncios oficiales son recibidos con atención, aunque sin entusiasmo pleno. Ernesto Chávez expresa una expectativa moderada frente a las nuevas autoridades: “Hemos visto lo que ha dicho Delcy, y yo creo que se ve bien, pues. Y bueno, todos estamos en la expectativa de lo que se esté haciendo por medio de la presidenta interina… Lo que yo he visto en los anuncios, yo creo que están bien.” La cautela ciudadana domina el tono: el respaldo se apoya más en la espera que en la convicción, un rasgo recurrente tras años de discursos oficiales sin impacto real.
Incluso la esperanza aparece condicionada, más emocional que política. Andrea Ramos lo expresa sin referencias concretas a políticas públicas: “Bastante esperanzada en que va a haber un cambio positivo.” Al explicar ese sentimiento, agrega: “No sé si lo que pasó al comienzo de año o la energía que tiene este momento el país es lo que me da… esperanza de que puedan venir cosas positivas al futuro.” La detención de Maduro, ejecutada durante una operación militar estadounidense y seguida por su traslado bajo custodia a Estados Unidos, funciona como un símbolo político, pero no como garantía de transformación estructural. Para muchos venezolanos, el chavismo dejó no solo una crisis social y económica, sino una erosión de la expectativa de futuro.
A un mes de la captura y en ausencia de cambios tangibles, la sociedad venezolana permanece en suspenso. La desconfianza ya no se dirige únicamente a quienes gobernaron, sino a la propia idea de transición política. En Caracas, el clima dominante combina vigilancia, escepticismo y una esperanza contenida, moldeada por años en los que el poder prometió futuro y entregó desgaste.
