La figura de Jorge Luis Borges sigue despertando debates por sus fuertes posiciones sobre la política, el fútbol y el tango. El escritor argentino mantuvo una férrea oposición al peronismo, cuestionó el fanatismo que veía en el deporte más popular del país y distinguió entre el tango orillero que admiraba y el tango sentimental que rechazaba.
Hay personas que logran discutir con un vecino, con un colega o con un gobierno. Jorge Luis Borges eligió una escala más ambiciosa: discutió con el peronismo, con el fútbol y con una parte importante del tango. Es decir, con algunas de las instituciones sentimentales más poderosas de la Argentina.
La particularidad es que no se trató de desacuerdos pasajeros. Borges construyó críticas elaboradas, persistentes y, en muchos casos, deliberadamente provocadoras. Mientras millones encontraban identidad en una tribuna, en una marcha política o en una canción de Gardel, él observaba el fenómeno con una mezcla de desconfianza filosófica y distancia intelectual.
Su rechazo al peronismo no se limitaba a una disputa partidaria. Veía en ese movimiento rasgos de los totalitarismos europeos que marcaron el siglo XX. Donde otros encontraban una expresión popular, Borges advertía peligros para la libertad individual. Y cuando el gobierno lo desplazó de su puesto como bibliotecario para ofrecerle el cargo de inspector de aves de corral y conejos, la discusión ideológica adquirió además un carácter profundamente personal.
Con el fútbol ocurría algo parecido. Mientras el país se detenía frente a una pelota, Borges parecía observar la escena como quien intenta comprender una religión ajena. Lo inquietaba el fervor colectivo, la identificación incondicional con una camiseta y la posibilidad de que el individuo desapareciera detrás de la multitud. Para un escritor obsesionado con los laberintos de la mente humana, once jugadores corriendo detrás de una pelota no alcanzaban para justificar semejante movilización emocional.
Y después estaba el tango. Ahí la relación era más complicada. Porque Borges no lo rechazaba por completo. En realidad, amaba una versión específica del género: la de los compadritos, las orillas y las milongas rápidas. El problema aparecía cuando entraban en escena los amores perdidos, las lágrimas y los recuerdos melancólicos. En su visión, el tango había pasado de caminar con cuchillo al cinto a caminar con el corazón roto.
Quizás por eso Borges sigue generando debates décadas después de su muerte. No porque estuviera obligado a coincidir con las mayorías, sino precisamente porque eligió desafiar algunas de las pasiones más arraigadas de la cultura argentina. Una tarea que requiere valentía intelectual, cierta vocación por la polémica y una considerable indiferencia hacia la posibilidad de quedar bien en la sobremesa.
La figura de Jorge Luis Borges sigue despertando debates por sus fuertes posiciones sobre la política, el fútbol y el tango. El escritor argentino mantuvo una férrea oposición al peronismo, cuestionó el fanatismo que veía en el deporte más popular del país y distinguió entre el tango orillero que admiraba y el tango sentimental que rechazaba.
Hay personas que logran discutir con un vecino, con un colega o con un gobierno. Jorge Luis Borges eligió una escala más ambiciosa: discutió con el peronismo, con el fútbol y con una parte importante del tango. Es decir, con algunas de las instituciones sentimentales más poderosas de la Argentina.
La particularidad es que no se trató de desacuerdos pasajeros. Borges construyó críticas elaboradas, persistentes y, en muchos casos, deliberadamente provocadoras. Mientras millones encontraban identidad en una tribuna, en una marcha política o en una canción de Gardel, él observaba el fenómeno con una mezcla de desconfianza filosófica y distancia intelectual.
Su rechazo al peronismo no se limitaba a una disputa partidaria. Veía en ese movimiento rasgos de los totalitarismos europeos que marcaron el siglo XX. Donde otros encontraban una expresión popular, Borges advertía peligros para la libertad individual. Y cuando el gobierno lo desplazó de su puesto como bibliotecario para ofrecerle el cargo de inspector de aves de corral y conejos, la discusión ideológica adquirió además un carácter profundamente personal.
Con el fútbol ocurría algo parecido. Mientras el país se detenía frente a una pelota, Borges parecía observar la escena como quien intenta comprender una religión ajena. Lo inquietaba el fervor colectivo, la identificación incondicional con una camiseta y la posibilidad de que el individuo desapareciera detrás de la multitud. Para un escritor obsesionado con los laberintos de la mente humana, once jugadores corriendo detrás de una pelota no alcanzaban para justificar semejante movilización emocional.
Y después estaba el tango. Ahí la relación era más complicada. Porque Borges no lo rechazaba por completo. En realidad, amaba una versión específica del género: la de los compadritos, las orillas y las milongas rápidas. El problema aparecía cuando entraban en escena los amores perdidos, las lágrimas y los recuerdos melancólicos. En su visión, el tango había pasado de caminar con cuchillo al cinto a caminar con el corazón roto.
Quizás por eso Borges sigue generando debates décadas después de su muerte. No porque estuviera obligado a coincidir con las mayorías, sino precisamente porque eligió desafiar algunas de las pasiones más arraigadas de la cultura argentina. Una tarea que requiere valentía intelectual, cierta vocación por la polémica y una considerable indiferencia hacia la posibilidad de quedar bien en la sobremesa.
Jorge Luis Borges fue una de las figuras más influyentes de la literatura universal y, al mismo tiempo, una de las voces más polémicas de la cultura argentina. Sus posiciones sobre la política, el deporte y la identidad nacional generaron debates que continúan vigentes décadas después de su muerte.
El escritor sostuvo una férrea oposición al peronismo, cuestionó el fenómeno social del fútbol y mantuvo una relación ambivalente con el tango, al que admiró en sus formas más antiguas mientras rechazaba algunas de sus transformaciones posteriores.
La oposición de Borges al peronismo
El rechazo de Borges al peronismo se apoyaba en razones ideológicas, filosóficas y personales. El autor asociaba al movimiento con los regímenes totalitarios europeos que dominaron parte del siglo XX y consideraba que representaba una amenaza para las libertades individuales.
Desde una visión que él mismo definía como cercana al individualismo liberal, rechazaba el protagonismo del Estado, el nacionalismo exacerbado y cualquier forma de culto a la personalidad. En distintas declaraciones llegó a describir al peronismo como una expresión de «fanatismo y estupidez».
Las diferencias también tuvieron consecuencias concretas en su vida. En 1946 fue removido de su cargo como bibliotecario de la Biblioteca Miguel Cané y trasladado a un puesto como inspector de aves de corral y conejos en mercados municipales. Borges interpretó aquella decisión como una represalia política y optó por renunciar.
Durante esos años, además, su madre, Leonor Acevedo, y su hermana, Norah Borges, fueron detenidas por su participación en actividades opositoras. El entorno intelectual vinculado a la revista Sur, encabezada por Victoria Ocampo, también mantuvo una relación conflictiva con el gobierno de la época.
Su mirada crítica sobre el fútbol
La relación de Borges con el fútbol fue igualmente distante. El escritor consideraba que el deporte generaba formas de fanatismo colectivo que podían diluir la capacidad crítica del individuo.
Entre sus principales cuestionamientos figuraba la identificación masiva con equipos y colores, fenómeno que asociaba a expresiones de nacionalismo y tribalismo. También advertía sobre los episodios de violencia vinculados a la pasión futbolística.
Desde una perspectiva estética, sostenía que el espectáculo carecía del atractivo que millones de personas encontraban en él. Veía con desconfianza la enorme centralidad cultural y económica que había adquirido el fútbol dentro de la sociedad contemporánea.
Además, interpretaba que algunos gobiernos podían utilizar la popularidad del deporte como una herramienta para distraer la atención pública de otros asuntos políticos y sociales.
El tango que admiraba y el tango que rechazaba
La relación de Borges con el tango fue mucho más compleja. Lejos de rechazarlo por completo, desarrolló una profunda admiración por sus orígenes orilleros y por las primeras expresiones musicales surgidas en los suburbios de Buenos Aires durante el siglo XIX.
El escritor valoraba especialmente el espíritu desafiante y la exaltación del coraje presentes en aquellas composiciones iniciales. Consideraba que obras como “El choclo” o “El entrerriano” reflejaban una identidad criolla auténtica, vinculada a los compadritos y a la cultura de las orillas.
Su preferencia se inclinaba particularmente hacia la milonga, género que entendía como una expresión más pura de esa tradición. Borges incluso escribió letras que quedaron asociadas a ese universo, entre ellas “Jacinto Chiclana”.
Sin embargo, observó con desagrado la evolución posterior del tango durante las décadas de 1910 y 1920. Cuestionaba el predominio de letras centradas en la nostalgia, el desamor y el sufrimiento personal, elementos que consideraba alejados de la tradición que admiraba.
En ese contexto, mantuvo una postura crítica respecto de Carlos Gardel. Aunque reconocía sus cualidades artísticas, sostenía que la enorme influencia del cantor había contribuido a consolidar una versión más sentimental del género.
Para Borges, el tango original representaba una celebración del coraje y la identidad popular, mientras que muchas de sus expresiones posteriores se habían transformado en una versión más melancólica y orientada a la exportación cultural.
Sus opiniones sobre el peronismo, el fútbol y el tango reflejan una constante en toda su obra: la defensa del individuo frente a los fenómenos masivos y una mirada crítica hacia las expresiones colectivas que, a su juicio, podían limitar la libertad de pensamiento.







