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Bill Gates cree que la IA puede ayudar a solucionar la escasez de médicos en países pobres

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25 enero 2026
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Noticias

De la religión a la tecnología: por qué la inmortalidad empieza a discutirse en serio

Redacción
Publicado el: 1 febrero 2026 8:50 am
Por Redacción
12 minutos de lectura
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De la religión a la tecnología: por qué la inmortalidad empieza a discutirse en serio
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Las élites tecnológicas impulsan investigaciones para retrasar el envejecimiento y extender la vitalidad humana (Imagen Ilustrativa Infobae)

“Who wants to live forever…”, canta Freddie Mercury. Pero no suena en la sala, sino en en el corazón y la memoria. Porque no es aquella escena de Highlander que todavía nos hace llorar. No es Connor sosteniendo la mano arrugada y vieja de Heather mientras la Queen pregunta “who dares to love forever…”. Es Elon Musk, en la sala principal del World Economic Forum de Davos, diciendo que el envejecimiento “es un problema muy solucionable”. Que cuando se entienda qué lo causa, probablemente resulte “increíblemente obvio”.

La frase se volvió meme, chiste, clip viral. Otra exageración de Musk, se escribió en redes. Otra provocación del empresario que habla de colonizar Marte como quien habla del tránsito. Pero hay frases que, si se las escucha con menos ironía, cambian de peso. Porque lo que Musk estaba diciendo no era solo algo sobre biología. Estaba sugiriendo que la muerte —eso que durante siglos organizó religiones, culturas, proyectos de vida— podría empezar a ser tratada como un problema técnico. Nos reímos porque tomarlo en serio incomoda.

Lo que Musk dijo en Davos no aparece aislado. Forma parte de un clima más amplio, que varios medios internacionales vienen registrando desde hace tiempo. The Guardian lo sintetizó sin vueltas al describir la nueva obsesión de ciertas élites: “Para ellos, el envejecimiento es un problema técnico que puede —y va a— ser arreglado”. No como promesa científica cerrada, sino como conducta observable. Inversiones millonarias, clínicas privadas, startups de longevidad, tratamientos experimentales, agendas públicas y privadas organizadas alrededor de una misma idea: vivir más.

No importa todavía si eso es posible o no. Importa que hay gente con poder que se comporta como si lo fuera.

Ese universo no es marginal ni excéntrico. Está compuesto por empresarios tecnológicos, CEOs de grandes compañías, fondos de inversión y referentes del biohacking. Se mueve entre Silicon Valley, universidades, laboratorios y clínicas exclusivas. La obsesión tampoco es nueva. Ya hace una década, Newsweek advertía que la idea de vivir no solo unos años más, sino “un siglo o incluso varios cientos de años más”, empezaba a convertirse en uno de los temas más controversiales del siglo que venía.

Hoy esa ambición se organiza alrededor de un concepto que circula cada vez con más naturalidad: longevity escape velocity. La hipótesis plantea que podría llegar un momento en el que los avances científicos permitan ganar más años de vida de los que se pierden por el paso del tiempo. No vivir para siempre hoy, sino vivir lo suficiente como para llegar al próximo avance. Y después al siguiente.

Dicho de manera menos abstracta: si los 60 de hoy ya no se parecen a los 60 de hace medio siglo, quienes lleguen bien a los 80 podrían encontrarse con un menú de opciones terapéuticas para frenar o modificar procesos de envejecimiento que hoy todavía están en fase experimental. Postergar la muerte, un poco más cada vez. En ese marco, la inmortalidad no aparece como un derecho humano universal, sino como un privilegio anticipado.

La obsesión por vencer la

La obsesión por vencer la muerte moviliza inversiones millonarias en Silicon Valley (Imagen Ilustrativa Infobae)

Mientras el debate público oscila entre la fascinación y la burla, en los laboratorios pasan cosas concretas. Investigaciones recientes asociadas a Harvard University lograron resultados que explican por qué el tema dejó de ser pura especulación. Estudios sobre reprogramación epigenética mostraron que es posible restaurar funciones visuales en modelos animales envejecidos, incluso en cuadros que simulan el glaucoma, una de las principales causas de ceguera irreversible asociada a la edad.

El procedimiento no modifica el ADN, sino la forma en que ciertos genes se expresan. En términos simples: células adultas recuperan características funcionales más jóvenes. No es inmortalidad. No es vivir para siempre. Es algo más acotado y, por eso mismo, más inquietante: rejuvenecimiento funcional localizado. La ciencia no entra por la puerta de la eternidad. Entra por la de la cura: visión, órganos, funciones. Pero al hacerlo, corre un límite que durante siglos pareció inamovible. No estamos cerca de la inmortalidad. Estamos cerca de empezar a creer que el envejecimiento podría ser, al menos en parte, opcional.

En The Good Place, aquella comedia preciosa sobre el paraíso, los humanos llegan finalmente a un lugar perfecto: sin dolor, sin enfermedad, sin carencias. Con el paso de los siglos, después de haber hecho todo y aprendido todo, algo se apaga. No están tristes. No sufren. Simplemente dejan de desear. Para que la experiencia vuelva a tener sentido, tienen que inventar una salida. Una puerta. Un final posible. Porque, ya sabemos, la vida importa porque termina.

En nuestras pampas, nos lo contó Jorge Luis Borges en El inmortal, ese mundo de trogloditas eternos. Al fin de cuentas, dice, la mayoría de las religiones de Occidente cree en la inmortalidad. Solo que dejan la libertad para el primer siglo y dedican el resto al premio o al castigo. “Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable o lo azaroso”, mientras que entre los inmortales “no hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es necesariamente precario”.

Ese desplazamiento es el que ya había analizado Yuval Noah Harari en Homo Deus hace años. Allí plantea que uno de los grandes proyectos del siglo XXI será la búsqueda de la inmortalidad biológica. La muerte deja de ser misterio, castigo o designio. Pasa a ser falla técnica. Harari no está tan convencido de que esa posibilidad sea, como dice Musk, sencilla, o acaso “obvia”. Lo que señala es que el solo hecho de imaginarla como posible cambia la forma en que pensamos la vida, el tiempo y los límites humanos.

El contraste se vuelve más nítido en el contrapunto con el biogerontólogo Aubrey de Grey, uno de los defensores más radicales de la longevidad extrema. De Grey sostiene que el envejecimiento es un conjunto de daños acumulativos reparables y que “la primera persona que vivirá hasta los 150 años probablemente ya nació”. Para él, el problema es científico y moral: si se puede, hay que hacerlo. Se incluye a sí mismo en esa proyección: si se llega relativamente sano a las próximas décadas, supone que la ciencia habrá encontrado la manera.

El biogerontólogo Aubrey de Grey

El biogerontólogo Aubrey de Grey es uno de los defensores más radicales de la longevidad extrema (Wikimedia)

Harari no niega la posibilidad técnica. El desacuerdo es otro. Incluso si se pudiera, advierte, las consecuencias sociales serían profundas. Una longevidad extendida ampliaría desigualdades biológicas; la finitud organiza el deseo, los proyectos y el sentido; sociedades donde nadie muere tienden a volverse rígidas, poco permeables al cambio. Musk lo formula como ingeniero. Harari lo piensa como historiador del poder. Y ahí aparece la pregunta que rara vez ocupa los titulares tecnológicos: ¿quién va a vivir más?

Si los avances en longevidad llegan primero —como suele ocurrir— a quienes pueden pagarlos, se abriría una nueva forma de desigualdad: la desigualdad temporal. Décadas adicionales de vida activa concentradas en determinados grupos. Herencias que no serían solo económicas, sino biológicas. Como advirtió The Guardian, los multimillonarios tecnológicos están obsesionados con encontrar el secreto de una vida más larga, pero esos esfuerzos no se derraman sobre el resto.

Incluso en un escenario de acceso más amplio, las preguntas serían estructurales: trabajo, jubilación, herencia, impacto ambiental. ¿Qué pasa cuando el tiempo deja de ser un recurso escaso? ¿Cómo cambia el deseo cuando el futuro se alarga indefinidamente?

Con los avances en longevidad

Con los avances en longevidad se abriría una nueva forma de desigualdad (Imagen Ilustrativa Infobae)

En América Latina, y en la Argentina, donde la discusión sigue centrada en cómo llegar a viejo con ingresos, salud y cuidados, el contraste es todavía más fuerte. Mientras una élite global discute cómo no morirse, millones de personas siguen peleando por algo mucho más básico: llegar a la vejez, no hacerlo solos, no empobrecerse al envejecer. Porque no se envejece igual en todas las regiones, ni en todas las clases sociales ni en todas las comunidades. La seguridad del entorno, las opciones vitales, el acceso a la salud, la alimentación, el trabajo, los proyectos de vida marcan para muchos otros finales, que nada tienen que ver con el debate sobre cuándo morir… de viejo.

De todas maneras, cuando hablamos de longevidad hablamos, en general, de esa posibilidad. Ya está claro, y probado por las estadísticas, que vivimos más que nunca. Las élites billonarias y biotecnológicas anuncian que viviremos más de cien años y juegan con la idea de la inmortalidad. La pregunta ya no es solo si podemos vivir todavía más, sino qué hacemos con esa vida más larga, cómo se distribuye y bajo qué condiciones. En un tiempo más temprano que tarde, puede el problema ya no sea si podemos vivir para siempre. La cuestión será cuántos, quiénes, cómo. Qué vamos a hacer con el tiempo que ya ganamos. Porque, como diría Borges, tal vez sea en el azar y la precariedad, donde todavía encontramos el sentido de la vida.

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