Cincuenta años después de aquel día, el primer vuelo comercial del Concorde sigue siendo recordado como el inicio de una etapa inédita en la aviación civil. La nave, desarrollado por la colaboración entre la British Aircraft Corporation y la Aérospatiale francesa, fue el primer avión de pasajeros capaz de superar la velocidad del sonido en vuelos regulares, un logro hasta entonces reservado a la aviación militar.
El Concorde debutó en una era de avances tecnológicos acelerados, en la que la industria aeronáutica buscaba nuevas fronteras. El 21 de enero de 1976, hace medio siglo, el aeropuerto Heathrow de Londres y el Charles De Gaulle en París fueron testigo de la expectativa que generaba el despegue.

Es que fue ese día cuando dos Concordes despegaron al mismo tiempo: el de British Airways voló de Londres a Bahréin y el de Air France partió de París hacia Río de Janeiro.
Decenas de curiosos y entusiastas de la aviación se acercaron para observar un momento que marcó la historia. Uno de ellos fue el adolescente John Tye, quien tiempo después se convertiría en piloto del Concorde, inspirado por aquella experiencia fundacional.
El vuelo inaugural del Concorde representó un salto en velocidad y eficiencia. El trayecto entre Londres y Nueva York pasó a cubrirse en apenas tres horas y media, una cifra que reducía a menos de la mitad el tiempo habitual de los vuelos convencionales. La nave alcanzaba una velocidad máxima de 2.179 kilómetros por hora y volaba a una altura de 18.300 metros. A esa altitud, la curvatura de la Tierra podía distinguirse a simple vista a través de las ventanillas, según relataron pasajeros del Concorde.

La historia del Concorde se cruzó con la de la aviación militar y los desarrollos tecnológicos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. El primer avión en romper la barrera del sonido fue el Bell X-1, pilotado por Chuck Yeager en 1947, pero sólo con el Concorde la velocidad supersónica se trasladó al transporte civil regular. Si bien su primer vuelo comercial fue en 1976, el proceso de desarrollo del Concorde había comenzado siete años antes.
El desarrollo del Concorde respondió a la ambición de las potencias europeas de liderar la era del transporte supersónico. La alianza entre ingenieros británicos y franceses permitió construir una aeronave que, además de su velocidad, ofrecía un estándar de lujo inédito en la aviación comercial.
El interior estaba diseñado para un público exclusivo y acomodaba hasta 144 pasajeros. El costo de un pasaje ida y vuelta entre Londres y Nueva York rondaba los 10.000 dólares, lo que convertía al Concorde en un servicio reservado a personalidades, empresarios, artistas y miembros de la realeza. Para muchos de ellos, el Concorde representó una herramienta estratégica que les permitía maximizar su tiempo y cumplir con compromisos en distintos continentes en cuestión de horas.

La experiencia a bordo del Concorde estaba marcada por una atención minuciosa. Se servía caviar con cubiertos de nácar, y el personal ofrecía un trato personalizado que diferenciaba al avión de cualquier otro vuelo comercial. Además del caviar, se ofrecían platos exclusivos y bebidas de alta gama. Los servicios estaban diseñados para satisfacer las expectativas de un público habituado al lujo y la eficiencia.
La lista de pasajeros habituales incluía nombres como Paul McCartney, quien solía viajar con su guitarra y animaba el vuelo invitando a los presentes a cantar temas de los Beatles. El Concorde fue también escenario de momentos de inspiración creativa. El músico Michael Jackson relató que compuso la canción Billie Jean mientras volaba, sin grabadora, obligado a memorizar la melodía hasta llegar a destino.
Otro ejemplo de las ventajas de la velocidad supersónica lo vivió Phil Collins, quien en 1985 logró presentarse el mismo día en los conciertos de Live Aid en Londres y en otro de Filadelfia gracias a un vuelo del Concorde.

El avión supuso un símbolo de estatus para quienes podían permitirse sus servicios. La Reina Madre Isabel Bowes-Lyon celebró su cumpleaños 85 a bordo en 1985, ocupando un asiento especial en la cabina. La duquesa de York, Sarah Ferguson, incluyó los vuelos supersónicos a su rutina diaria, aprovechando la diferencia horaria para asistir a reuniones en Nueva York tras dejar a sus hijos en la escuela de Londres. “Lo bueno del Concorde es que puedo llevar a mis hijos a la escuela en Londres a las 8.30 de la mañana, dejarlos, tomar el vuelo 001 de British Airways hacia Nueva York a las 10.30, y llegar allá a las 9.30, a tiempo para mis reuniones y discursos de Weight Watchers”, dijo.
El Concorde fue fabricado en una serie limitada: veinte unidades construidas en Francia y Reino Unido. De ellas, seis eran prototipos de prueba y las restantes se repartieron entre las líneas Air France y British Airways. Las rutas principales conectaban Londres y París con Nueva York, aunque en ocasiones el avión realizaba vuelos chárter para clientes de alto perfil.
La estructura y el diseño del Concorde contribuyeron a su imagen de modernidad. Su nariz inclinable facilitaba la visibilidad durante las maniobras de despegue y aterrizaje, y las alas en delta proporcionaban la estabilidad necesaria para el vuelo supersónico. Los sistemas de presurización y climatización estaban preparados para operar a altitudes y temperaturas extremas.

La política de cabina del Concorde favorecía la interacción entre tripulación y pasajeros. El piloto John Tye recordó cómo las celebridades se acercaban a la cabina para conversar. Entre los nombres que mencionó se encuentran Elton John, Mick Jagger y Paul McCartney. El ambiente era informal y exclusivo, reforzando el atractivo de la experiencia Concorde.
El alto consumo de combustible era una de las características técnicas más notorias del Concorde. Para cubrir la ruta transatlántica, la nave utilizaba cuatro veces más combustible que un avión convencional, lo que encarecía la operación y limitaba la rentabilidad. Además, el Concorde debía volar lejos de zonas urbanas para evitar la contaminación sonora provocada por el estampido sónico.
Durante su vida operativa, el Concorde mantuvo una reputación de seguridad. Sin embargo, el 25 de julio de 2000, el vuelo 4590 de Air France sufrió un accidente poco después de despegar del aeropuerto Charles de Gaulle, causando la muerte de 100 pasajeros, nueve tripulantes y cuatro personas en tierra. Este hecho marcó el inicio del fin para los vuelos comerciales supersónicos, aunque la retirada del Concorde se debió principalmente a razones comerciales y no a cuestiones de seguridad.
El contexto internacional influyó en el desarrollo y la competitividad del Concorde. La Unión Soviética intentó rivalizar con el Tupolev Tu-144, pero el programa fue cancelado tras sólo 55 vuelos comerciales y varios incidentes graves, incluido un accidente durante una exhibición en el Salón Aeronáutico de París en 1973.

El Concorde fue sin lugar a dudas el avión de los ricos y famosos. La exclusividad de sus pasajeros era evidente en cada vuelo. Figuras como Muhammad Alí, Richard Nixon, Elizabeth Taylor y Sean Connery y el papa Juan Pablo II viajaron en el Concorde, según relató el piloto Jock Lowe. Los vuelos chárter para clientes VIP imponían aún más presión sobre la puntualidad y el servicio.
La operación del Concorde requirió entrenamientos especiales para los pilotos. John Tye, quien asistió al primer vuelo comercial como espectador, logró años después convertirse en comandante del Concorde tras una formación exigente. Describió el arranque de los motores Rolls-Royce Olympus y la vibración al despegar como una experiencia incomparable. La experiencia de volar en el Concorde fue descrita por Tye quien recordó el impacto de la aceleración y la sensación de ser observado por colegas y pasajeros de otros vuelos convencionales. El Concorde, durante su operación, se convirtió en un fenómeno tanto para quienes viajaban en él como para quienes asistían a sus despegues.
El avión funcionaba como un espectáculo en sí mismo. Los aeropuertos de Londres y París solían llenarse de curiosos que acudían a observar los despegues y aterrizajes. Pilotos de otras aerolíneas pedían intercambiar turnos para presenciar el momento en que el Concorde se lanzaba por la pista.

La tripulación del Concorde incluyó profesionales que transportaron a numerosas celebridades. Jock Lowe contó una anécdota ocurrida durante un vuelo con la reina Isabel II y el príncipe Felipe. Ante la necesidad de reducir la velocidad por un aumento de temperatura en la atmósfera, la reina se interesó por la situación y recibió una explicación detallada, manteniendo la puntualidad prevista.
El Concorde operó durante 27 años, tiempo en el cual sumó récords y anécdotas. A pesar de la sofisticación y el atractivo de la nave, la rentabilidad insuficiente y los elevados costos de mantenimiento precipitaron su retiro definitivo el 24 de octubre de 2003, cuando el último vuelo aterrizó en el Reino Unido.
El Concorde dominó los cielos durante casi tres décadas, realizó cinco mil vuelos durante su breve vida útil, hasta que las siempre rigurosas leyes de mercado lo retiraron antes de tiempo.
