La silla eléctrica descargó 2.000 voltios sobre el cuerpo de Ted Bundy. Había más de 2.000 personas en las inmediaciones de la prisión estatal de Florida en la que Bundy permanecía detenido y en la que fue ejecutado. Cantaban cosas como “Burn, Bundy, burn” (“Quemate, Bundy, quemate”) y tiraron fuegos artificiales a primera hora de la mañana. La hora señalada para que uno de los mayores asesinos seriales de la historia recibiera la pena capital.
Estados Unidos había pasado más de una década en medio de la conmoción por los brutales crímenes de Bundy y por su actitud tan inexplicable como encantadora ante los tribunales. Y ese día, el de la ejecución, esa conmoción empezaba a terminar. Pero el rastro de su violencia ya estaba inscrito para siempre en el inconsciente colectivo.
Theodore Robert Cowell nació en Vermont, en noviembre de 1946. Una mentira arrasó su primera infancia: creció convencido de que sus abuelos maternos eran sus padres, y que su madre, Louise, era su hermana mayor.
Cuando tenía cuatro años, su apellido cambió al de su padrastro. Su verdadera madre, Louise, había decidido casarse con Johnnie Bundy tras mudarse a Washington. Pero aunque Ted tomó el apellido, ese hombre nunca se acercó lo suficiente al chico ni le demostró cariño.
Nada de esa mentira y de ese rechazo por el hombre que le dio su apellido definitivo se le notaban a Ted durante sus años de juventud. En ese momento, se lo consideraba lo que a principio de los setenta se denominaba como “Golden Boy”, un muchacho estadounidense con todo por delante.

Estudió Psicología y se destacó con brillantez por sobre sus compañeros. Y una vez que obtuvo ese título fue por uno más, el de Abogacía. Mientras estudiaba Derecho empezó a involucrarse cada vez más activamente en el Partido Republicano, trabajando para sumar jóvenes a sus filas y pensando estrategias para campañas distritales. Pero el reconocimiento más resonante de esos años llegó por parte de la Policía de Seattle, que lo condecoró por salvar a un niño de tres años que estaba a punto de morir ahogado.
En medio de todo eso, Bundy se enfrentó a una crisis que lo corrió de su eje. Stephanie Brooks, su primera novia, lo dejó. Ella, una joven de clase alta, le dijo que él no tenía sus objetivos de vida claros, y que por eso se separaban. Esa ruptura, según sucesivas pericias que le harían después a Ted, habría sido uno de los detonantes clave para su conducta posterior.
Antes de morir ejecutado en la silla eléctrica, Ted Bundy confesó el asesinato de treinta mujeres. Los investigadores estimaron que sus víctimas fueron muchas más -algunos señalaron que podrían haber sido hasta cien-, pero sólo pudieron formalizar 36 casos. Bundy no era un improvisado, sino que ejecutaba técnicas perfectamente premeditadas para “bajar la guardia” de quienes serían sus víctimas.
La más frecuente era usar un yeso o un cabestrillo falso para fingir una lesión y pedir ayuda para llevar libros o mover algunos objetos dentro de su auto, un Volkswagen Beetle. Otra de sus técnicas de engaño incluía una falsa placa que usaba para hacerse pasar por oficial de Policía. Con esa identificación, convencía a quien estuviera en la mira de subir a su auto bajo el pretexto de servir como testigo en la investigación de un robo.
Todos los caminos conducían al Beetle, porque allí Bundy tenía el control total. Una vez que las víctimas estaban bajo su absoluto dominio, las golpeaba con barras de hierro, las violaba y las estrangulaba hasta causarles la muerte por asfixia.

Según se demostró en las investigaciones de sus asesinatos, en varias ocasiones volvía al lugar en el que había cometido el asesinato para abusar de los cuerpos: practicaba la necrofilia hasta que el nivel de descomposición de esos cadáveres lo impedía. En al menos doce casos, también decapitó a sus víctimas y guardó sus cabezas en su propio departamento.
El primer crimen que se le pudo probar a Ted Bundy fue en 1974 en Washington, donde vivía. Pero también violó y asesinó en Utah, Oregon, Idaho, Colorado, California y Florida. Derramó su baño de sangre en siete estados del país, casi siempre eligiendo como víctimas a mujeres de entre 15 y 25 años.
En 1978 entró por asalto a un departamento de la fraternidad universitaria Chi Omega, en Florida. En apenas quince minutos asesinó a dos jóvenes, Lisa Levy y Margaret Bowman, y dejó a otras con heridas de gravedad. Asesinó, incluso, a una nena de 12 años, Kimberly Leach, a la que secuestró de su escuela, en Lake City. Fue su víctima más joven entre las que lograron investigarse.
Así como no le faltaban ardides para engañar a sus víctimas hasta estar en completo control de ellas, tampoco le faltaron para huir de la cárcel y de los tribunales. En 1977, Bundy oficiaba como su propio abogado porque había despedido a los dos que se les había asignado: consideraba que él podía hacerlo mejor solo.
Durante un receso del juicio que afrontaba en un tribunal de Colorado, saltó desde la ventana de la biblioteca del edificio, en el segundo piso, y huyó. Fue recapturado en medio de las montañas, allí se había escapado. Pero seis meses después de que lo volvieran a encerrar, cortó un agujero en el techo de su celda y perdió todo el peso que fue necesario para caber a través de ese hueco y escaparse.

En medio de la violencia de sus crímenes y de la astucia de sus fugas, Ted Bundy se convirtió en un criminal que mantenía en vilo la atención de sus compatriotas. El juicio que tuvo que afrontar en Florida fue el primero en ser televisado a nivel nacional en los Estados Unidos.
En medio de ese proceso, que suscitaba la atención de millones de personas, fue que Bundy no dudó de hacer gala de todo su narcisismo. Mientras él mismo, en su condición de su propio abogado defensor, interrogaba a Carole Ann Boone, su novia, no dudó en proponerle matrimonio en plena sala judicial. Ella aceptó y se casaron legalmente en ese instante, ante la perplejidad de quienes estaban allí y de buena parte del país, que seguía el juicio por televisión.
Carole y Ted concibieron a Rose, la hija de ambos, cuando él ya cumplía sus condenas y estaba alojado en el llamado “Corredor de la Muerte”, ya que lo esperaba la pena capital. A través de distintos sobornos a los guardias de seguridad de la cárcel, lograron acceder a visitas conyugales íntimas, algo completamente prohibido para un preso de las características de Bundy.
A lo largo de los procesos judiciales que se llevaron adelante por sus crímenes, el perfil psicólogico de Ted Bundy fue investigado por distintos expertos que debían peritar su capacidad de representarse la violencia que ejercía y las consecuencias de la misma.
Algunas de las conclusiones más frecuentes apuntaban a definir a Bundy como una persona que presentaba la “Tríada Oscura”, que combinaba la presencia de un narcisismo extremo, la predisposición a realizar “actos maquiavélicos” y ciertos rasgos de psicopatía.

Bundy mentía compulsivamente y no presentaba ningún viso de empatía o remordimiento. Nada de eso, no obstante, implicaba que tuviera una personalidad que le impidiera medir las consecuencias de los actos que realizaba.
A lo largo del cumplimiento de su condena, Bundy ofreció distintas entrevistas. En la última que le brindó a James Dobson, un psicólogo estadounidense ampliamente reconocido, intentó encontrar un responsable externo para los crímenes que había cometido y que lo convertían en uno de los asesinos seriales más salvajes del siglo XX: la pornografía.
Según le contó a Dobson, durante la adolescencia se había vuelto adicto a pornografía cada vez más violenta y eso lo impulsaba “a buscar estímulos cada vez más gráficos hasta ‘cruzar la línea’ a la realidad”. Nada de eso alcanzó para el objetivo que Bundy tenía: insistir con apelaciones y realizar confesiones de último momento para retrasar el momento de su ejecución.
La fecha para la pena capital se fijó para el 24 de enero de 1989. Bundy lloró y rezó durante sus últimas largas horas. Lo acompañó Fred Lawrence, un ministro metodista, y no comió su última cena, para la que había pedido carne y huevos.
Antes de que lo ejecutaran, les dijo al ministro y al guardia de seguridad que lo acompañaría hasta último momento, “Jim y Fred, me gustaría que dieran mi amor a mi familia y mis amigos”. Esas fueron las últimas palabras de Ted Bundy, que recibió la descarga eléctrica a las 7.06 de la mañana del día señalado, y que fue declarado muerto exactamente diez minutos después.
Cumpliendo una de sus últimas voluntades, su cuerpo fue cremado y sus cenizas fueron esparcidas en la Cordillera de las Cascadas, nada menos que el lugar en el que había abandonado a muchas de sus víctimas tras violarlas, matarlas y volverlas a violar.
“Soy el hijo de puta más duro que jamás han conocido”, había dicho Ted Bundy ante los tribunales. Esos tribunales que pudieron condenarlo por atacar salvajemente a treinta mujeres, incluida una nena de apenas 12 años, y que estaban seguros de que había decenas de víctimas más que nunca se le pudieron atribuir a ese chico que se mostraba débil o servicial hasta tener el control total de su presa. Ese monstruo que paralizó a un país y que nunca mostró el menor arrepentimiento.
