
El 31 de enero de 1949, hace 77 años, culminaban las excavaciones arqueológicas debajo de la basílica de San Pedro del Vaticano. Y el papa Pío XII proclamó, en diciembre de 1950, que habían sido encontrados la tumba y los huesos de san Pedro, el primer papa y apóstol de Jesús. Pero, ¿no está la basílica de San Pedro construida sobre la tumba del apóstol? ¿Cómo es posible que recién en 1949 se descubriera su sepultura? Son dos mil años de historia, así que iremos desentrañándola de a poco.
Pedro, primer obispo de Roma, fue martirizado en el año 64, fecha que es la más aceptada por los historiadores modernos, vinculada al gran incendio de Roma y a la posterior persecución de los cristianos bajo Nerón. Algunos estudios incluso proponen el 13 de octubre de ese año, coincidiendo con el décimo aniversario del reinado del emperador. Sin embargo, Eusebio de Cesarea, quien calculó que Pedro lideró la Iglesia en Roma durante 25 años antes de su martirio, lo sitúa en el año 67. Como fuere, se sabe que fue martirizado en el circo de Nerón, en la colina vaticana, crucificado boca abajo, dado que él mismo solicitó esta posición por considerarse indigno de morir de la misma forma que Jesucristo. Fue sepultado en una necrópolis cercana al lugar de su ejecución, en una tumba sencilla llamada “fosa”, que era el tipo de enterramiento propio de los humiliores (es decir, la gente más humilde): un pozo en la tierra que se tapaba y luego se cubría con tejas.
A lo largo de los siglos, sobre esa fosa humilde se sucedieron monumentos cada vez más majestuosos: primero un simple edículo, el llamado “Trofeo de Gayo”. En este contexto, la palabra griega trofeo -es decir “tropaion”- se refiere a un monumento funerario o edículo que señala el lugar de una victoria espiritual, en este caso, el martirio. Eusebio nos relata lo siguiente en torno a este monumento funerario: “Yo te puedo mostrar los trofeos de los apóstoles. Efectivamente, si sales hacia el Vaticano o hacia la vía de Ostia, encontrarás allí los trofeos de aquellos que fundaron esta Iglesia”.
Este simple monumento, tras el Edicto de Milán en el año 313, llevó a Constantino a mandar construir un templo para guardar la memoria y los restos del apóstol. Para ello debió aplanar la colina y sepultar todos los mausoleos y tumbas de la necrópolis vaticana, que servirían de basamento al nuevo templo. Así, por orden del emperador, el “trofeo” fue encerrado dentro de un cubo de pórfido como monumento constantiniano al apóstol. El tiempo siguió transcurriendo y, en el año 602, el papa Gregorio Magno reconstruyó el monumento de Constantino. Con el paso de los siglos, se crearon el “nicho de los palios” con el mosaico de Cristo del siglo IX, el altar de Calixto II en 1123 y, finalmente, el 18 de abril de 1506, bajo el pontificado del Papa Julio II, el pontífice ordenó la demolición de la antigua basílica constantiniana y encargó el proyecto a Donato Bramante para edificar un nuevo templo renacentista sobre la tumba del apóstol. De este modo, el sepulcro del santo apóstol quedó marcado por el llamado “altar de la confesión” —es decir, el lugar que señala la tumba de quien dio testimonio de su fe por medio del martirio: el apóstol Pedro— y por el gran baldaquino de Bernini.
El recorrido va desde el fastuoso y áureo baldaquino barroco hasta el reluciente esplendor medieval, de la severidad esencial del siglo IV a un edículo esbelto y simple, y finalmente a la pobreza extrema de una fosa excavada en la tierra cruda. Alrededor de la sepultura se formó, con el paso del tiempo, la basílica ad corpus, único caso en el mundo cristiano de un edificio sagrado nacido directamente sobre la tumba de un mártir, y no de cualquier mártir, sino de Pedro, el primer obispo de la Iglesia de Roma.
Luego de tantos siglos de historia, se sabía que el altar de la confesión estaba sobre la tumba de Pedro, pero nunca se había buscado arqueológicamente. Desde el altar hasta la tumba hay una distancia de nueve metros hacia abajo y dos mil años de historia.

El hallazgo de la tumba de Pedro y las búsquedas arqueológicas se debieron a la muerte del papa Pío XI en 1939. Su última voluntad era ser enterrado en las Grutas Vaticanas, lo más cerca posible de la tumba de San Pedro. Durante las obras de excavación para preparar su sepultura, los obreros perforaron accidentalmente el pavimento de las grutas y descubrieron un espacio vacío. Al descender, encontraron los restos de una necrópolis romana del siglo II, perfectamente conservada, que había sido rellenada con tierra por el emperador Constantino para construir la primera basílica, como ya hemos comentado. Este hallazgo accidental llevó al papa Pío XII a ordenar excavaciones arqueológicas secretas (1940-1949), que finalmente localizaron el “Trofeo de Gayo” y los restos óseos del apóstol bajo el altar mayor.
El profesor Vincenzo Fiocchi Nicolai, docente de topografía de los cementerios cristianos en el Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana, comenta al respecto de estos laberintos de descubrimientos: “La presencia de la tumba de Pedro está demostrada sobre la base de toda una serie de elementos, porque precisamente debajo del altar de finales del Cinquecento se han encontrado en eje con el altar y, por lo tanto, bajo la cúpula, un altar medieval; luego un monumento bellísimo en mármol, que es la caja que Constantino quiso realizar para englobar una edícula señalética (el Trofeo de Gayo) de una tumba que se encuentra aún debajo. Una verdadera serie de cajas al estilo de muñecas matryoshkas rusas. Esta tumba se encuentra en un contexto sepulcral, por lo tanto, con otras tumbas susceptibles de una datación entre las últimas décadas del siglo I d. C. y los inicios del II, que confirman, sobre la base de este elemento y de otros más, como los grafitis, que esta es la tumba del apóstol”. También están los grafitis, que son importantes porque demuestran de manera evidente la actividad devocional: todo un movimiento de los primeros fieles de la comunidad de Roma que acudían a esta edícula, el famoso trofeo referido por Eusebio de Cesarea en su Historiae Ecclesiasticae y que también reaparece en el Liber Pontificalis, obra anónima comenzada en el siglo VI. Ambas fuentes colocan el lugar de la sepultura entre la vía Aurelia y la vía Trionfale.

¿Cómo era el “Trofeo de Gayo”? Era una estructura ligera con columnillas, coronada por un tímpano bajo el cual se encontraba la fosa con los restos mortales de Pedro. El profesor Vincenzo continúa: “Los trofeos eran construcciones que señalaban la tumba de un apóstol mártir que ha vencido a la muerte gracias al martirio. Podemos datar esta construcción sobre la base del texto de Eusebio, que sitúa a Gayo en la época del papa Zeferino, entre los años 198 y 217. Esta edícula existía ya entonces y, arqueológicamente, puede datarse alrededor de los años sesenta del siglo II. Sin duda, es la edícula que señalaba la tumba”. Los grafitis se encuentran en la pared pintada de rojo, el famoso “muro rojo” o “rojo pompeyano”. En un fragmento aislado se lee un conocido grafiti fragmentario con el nombre “Petros” y, en la línea sucesiva, en griego, una épsilon, una ni y una iota. Su lectura ha dado lugar a diversas interpretaciones. La más sugestiva fue propuesta por la profesora Guarducci: “Petros eni”, es decir, “Pedro está aquí” o “Pedro está aquí dentro”, refiriéndose no a la tumba original, sino a la deposición secundaria de los huesos en una cajita colocada en un nicho en época de Constantino. Una tercera interpretación sería una invocación a Pedro, si se leen las letras como parte de la palabra “eirene” que traducido podría leerse como: “Pedro está en paz”.
En otra parte de las excavaciones se encontró otro muro, al que lo llamaron “muro G”, que cerraba un lado de la edícula en un momento posterior. Ahí se encuentran cientos de grafitis, imposibles de descifrar en su totalidad, pero que contienen nombres, invocaciones y signos cristológicos. Todo ello indica una gran devoción hacia quien allí estaba sepultado y que ese lugar se convirtió en el punto focal de todas las disposiciones posteriores hasta el actual altar papal y el baldaquino. Las excavaciones entre 1939 y 1958, promovidas por el papa Pacelli, descubrieron la tumba de Pedro, pero bajo la edícula de Gayo no había huesos. Se halló, sin embargo, una pequeña caja insertada en un espacio excavado en el muro de los grafitis, en una época imprecisa pero anterior a Constantino, quien encerró la edícula en el gran estuche de mármol decorado con pórfido rojo que aún se observa desde la Capilla Clementina. Dentro de esa cajita, según la relación oficial de los exploradores, había pequeños huesos.

De este laberinto de estratificaciones milenarias surge una pregunta inevitable: ¿son o no los huesos de Pedro? Esta tarea recayó en una mujer nacida a inicios del novecientos, la arqueóloga y epigrafista florentina Margherita Guarducci, a quien se debe también el desciframiento de los grafitis y, en particular, el relativo a Pedro. Con una investigación casi detectivesca, Guarducci recuperó los huesos que se encontraban en esa pequeña caja. Se trata de fragmentos óseos que no corresponden a un cuerpo completo. La investigación antropológica, aunque genérica, los atribuye a un hombre maduro, posiblemente contemporáneo de Pedro. Los resultados no son concluyentes, pero sí compatibles con el apóstol. Según los estudios arqueológicos, en el momento de la creación de la cápsula constantiniana se habrían extraído de la fosa los restos que quedaban y se los habría colocado en la cajita para preservarlos.
Durante la audiencia general del 26 de junio de 1968, san Papa Pablo VI, recordando las pasadas investigaciones y los estudios, da un “anuncio feliz”: “Tanto más solícitos y exultantes debemos ser, cuando tenemos razón para creer que han sido reencontrados los pocos, pero sacrosantos restos mortales del Príncipe de los Apóstoles, de Simón, hijo de Jonás, del pescador llamado Pedro por Cristo, de aquel que fue elegido por el Señor para fundamento de su Iglesia, y a quien el Señor confió las sumas llaves de su reino, con la misión de pastorear y de reunir su rebaño, la humanidad redimida, hasta su final retorno glorioso”.
El papa Pablo VI encargó la realización de un relicario de bronce con nueve fragmentos óseos, obra del orfebre Enrico Manfrini, tras confirmar oficialmente en 1968 que los restos hallados en la necrópolis vaticana pertenecían al apóstol Pedro. El relicario lleva una inscripción latina “ex ossibus quae in Arcibasilicae Vaticanae hypogeo inventa Beati Petri Apostoli esse putantur”, es decir “de los huesos encontrados en el hipogeo de la Basílica Vaticana, que se consideran del beato apóstol Pedro”. El papa fue prudente dado que en el texto utiliza el verbo Putare que se traduce como “Creer”, pero en su modo indicativo, es decir, putantur, el cual se traduce como “se considera”, “se piensa”.
La arqueología aspira a basarse en evidencias, pero son las deducciones las que a menudo permiten reconstruir la historia. En el caso de la tumba y de los huesos de Pedro, los elementos que convergen en torno al espacio de la Confesión restituyen un cuadro de verdad. Porque, además de las huellas materiales, lo decisivo es la fe: la fe estratificada durante siglos por millones de peregrinos, papas y santos que han tejido juntos el hilo de la memoria, haciéndolo indestructible.
