Cuando en diciembre de 2019 los estudios Disney estrenaron Togo, la película dirigida por Ericson Core y protagonizada por Willem Dafoe y Julianne Nicholson que cuenta la historia de la carrera del suero a Nome, hubo quienes pensaron que finalmente se ponían las cosas en su lugar al reconocer el papel jugado por el perro Togo en esa hazaña que salvó decenas de vidas en un pueblo aislado de Alaska. Es que hasta entonces – salvo en algunos documentos y relatos – toda la gloria le correspondía a Balto por el solo hecho de ser el animal que iba al frente del trineo que llegó cargado de vacunas a Nome el 2 de febrero de 1925 luego de un recorrido infernal de casi 800 kilómetros sobre la nieve y el hielo del que participaron decenas de hombres y perros. Porque si bien Balto fue el que llegó, Togo estuvo encabezando la marcha durante casi todo el camino.
Por esas cosas que suele tener cierto periodismo, que prefiere el título impactante a la verdad reconstruida con cuidado, la exaltación de Balto y el relegamiento de Togo, comenzó cuando el único reportero que había en Nome lo fotografió llegando al pueblo y lo convirtió en protagonista exclusivo de la hazaña olvidando el resto de la historia. Para fines de ese mismo año, Balto ya tenía una estatua de bronce, obra del escultor Frederick Roth, con la inscripción: “Resistencia – Fidelidad – Inteligencia”, en el Central Park de Nueva York. En cambio, casi nadie sabía de la existencia de Togo.

A principios del siglo pasado, Nome era un pequeño pueblo de Alaska, ubicado al sur de la península de Seward, en el mar de Bering. No alcanzaba los mil habitantes. El invierno pegaba con todo su rigor en enero de 1925, cuando se produjo allí un fuerte brote de difteria.
En ese momento, la difteria era una de las principales causas de muerte en los Estados Unidos, especialmente entre los niños. La enfermedad respiratoria había matado a más de 15.000 estadounidenses solo en 1921. En Nome sus primeros efectos fueron devastadores: en pocos días murieron siete personas, otras 19 enfermaron de gravedad y unas 150 parecían tener la infección. La única cura era la antitoxina diftérica, un medicamento inyectable compuesto de anticuerpos. El problema era que en Nome no había. Además, el pueblo estaba aislado debido a constantes tormentas de nieve que impedían la llegada y un mar congelado hacía imposible que un barco navegara hasta allí para llevar la cura.
Por entonces la única comunicación que Nome tenía con el resto del mundo era el telégrafo y fue por un telegrama que sus pobladores se enteraron de que las antitoxinas más cercanas estaban en la ciudad de Anchorage, a 865 kilómetros de distancia. Idearon entonces un plan desesperado: de un lado, se trasladarían las dosis del medicamento hasta Nenana, una ciudad que se encontraba algo más cerca de Nome, a 779 kilómetros de distancia; mientras tanto, desde Nome saldrían veinte trineos tirados por perros que, armando postas, tratarían de llegar hasta allí y volver con esa carga imprescindible para combatir la epidemia y salvar vidas.

Para tener éxito, los veinte guías diseñaron un sistema de relevos que hiciera posible el traslado de las vacunas. Uno de los más destacados fue Gunner Kaasen, guía del escuadrón B, en el que se encontraba Balto, a quien se tenía por un “perro lobo”. Era uno más entre los que debían tirar del trineo de Kaasen y nunca había sido perro guía. El guía original era otro perro, que sí tenía experiencia y se llamaba Togo.
Nacido en Nome en 1919, Balto siempre fue una decepción para Leonhard Seppala, su propietario original. Seppala se dedicaba al negocio de la crianza de perros esquimales, pequeños y rápidos. Sin embargo, Balto era robusto y fuerte, por lo que fue castrado y vendido a Kaasen para ser utilizado como perro de carga. Togo, en cambio, seguía siendo propiedad de Seppala.
Si Gunner Kaasen ató a Balto a su trineo fue porque no tenía alternativa: para completar los veinte grupos que se lanzarían a la riesgosa aventura de llegar a Nenana y regresar con los medicamentos eran necesarios casi todos los perros del pueblo. Balto no era bueno con los trineos, pero era lo suficientemente fuerte como para tirar junto a los demás, siempre que otro guiara y ese fue Togo. Así comenzó un viaje durísimo, durante el cual hombres y perros soportaron temperaturas de alrededor de 40 grados bajo cero y fuertes vientos mientras atravesaban pasos helados y zonas montañosas. No fueron pocos los que murieron en el intento.

Kaasen, con su trineo y sus perros, quedaron asignados al último tramo del viaje de regreso al pueblo. Togo encabezó casi todo el trayecto y solo al final fue reemplazado por Balto. Existen varias teorías para explicar ese cambio. Unas aseguran que Togo no lograba orientarse en el camino y por eso debió cambiarlo; otras, las más probables, aseguran que se rompió una pata.
Así, con Balto guiando al resto de los perros, el escuadrón B – como se llamaba el grupo de Kaasen – demoró solo cinco días y medio en llegar, el 14 de marzo de 1925, a Nome con la carga de antitoxinas inyectables. Fue una verdadera hazaña, porque era impensable que un perro que nunca había guiado un trineo hubiera sido capaz de liderar al resto, encontrar el camino y recorrerlo en mucho menos tiempo del calculado. Al llegar al pueblo, fue recibido con aplausos. Kaasen lo soltó, le acarició la cabeza y demostró su admiración con solo tres palabras: “¡Maldito buen perro!”. El momento quedó inmortalizado con una foto.
La fama de Balto y de su dueño por su proeza en Nome no duraron mucho. Kaasen emprendió una gira por los Estados Unidos que duró dos años, hasta que el tema dejó de interesarle al público. Entonces, vendió a Balto y al resto de los perros supervivientes a un museo privado de Los Ángeles, donde se pagaba una entrada de 10 centavos para verlos.
Maltratados y mal alimentados, parecía que Balto y sus seis compañeros iban a morir allí. Si no fue así se debió a que llamaron la atención de George Kimble, un hombre de negocios de Cleveland que estaba de visita en la ciudad. Conmovido por el estado de los perros preguntó el precio de la camada: le pidieron 1.500 dólares. Como no tenía ese dinero, creó un “Fondo Balto” para pedir donaciones y lo difundió por todos los medios, y reunió esa cantidad en apenas diez días. Así Balto y sus compañeros (Fox, Billy, Tillie, Sye, Old Moctoc y Alaska Slim) acabaron sus días en el Zoológico de Cleveland.
Balto murió de muerte natural en 1933 y su cuerpo disecado se exhibe hasta hoy en el Museo Natural de Cleveland. Con los años, la figura del perro heroico fue recreada en el cine con tres películas de animación estrenadas en 1995, 2002 y 2004: Balto 1, 2 y 3. En la primera se cuenta su hazaña de Nome, las otras dos son ficciones que lo tienen como protagonista.
Mientras vivió y hasta muchos años después, Balto fue considerado por sus dueños y la prensa como un difuso “perro lobo”, hasta que en 2023 un estudio genético realizado por un equipo dirigido por la investigadora de la Universidad de California Katherine L. Moon y publicado en la revista Science, lo definió como de raza husky.
Para la investigación se recurrió a sus restos embalsamados. “La fama de Balto y el hecho de que fue disecado nos dio esta genial oportunidad 100 años después de ver cómo se habría visto genéticamente esa población de perros de trineo y compararlo con los perros modernos. Balto representa una población de perros que tenía fama de tolerar condiciones duras en un momento en que las comunidades del norte dependían de los perros de trineo”, explicó Moon al dar a conocer los resultados de las pruebas genéticas.

Togo tenía 12 años y era mucho más viejo que Balto cuando lideró gran parte del recorrido del trineo con las vacunas a principios de 1925. Era, además, un perro famoso en la región, porque había ganado, siempre como perro guía, la All-Alaska Sweepstakes Race, la carrera de trineos más importante. Por eso, y pese a su edad, se lo asignó para guiar el que llevaba las vacunas en su tramo final y más difícil. Aunque no obtuvo la fama de Balto, para los conocedores fue el verdadero héroe de aquella hazaña. Olvidado, vivió hasta los 16 años y murió en Maine, en la casa de Elizabeth Ricker, una amiga de Seppala.
Pasaron muchos años antes de que el papel fundamental de Togo en la carrera del suero fuera reconocido. En 1983, el cuerpo disecado del perro fue exhibido por primera vez en la sede de la Iditarod Trail Sled Dog Race, la competencia que recorre parte del trayecto original de 1925. En 2001, se le dedicó una estatua propia en el Seward Park de Nueva York, 75 años después de que Balto tuviera la suya.
A diferencia de Gunner Kaasen, que siempre glorificó la figura de Balto y excluyó o minimizó en sus relatos la de Togo, Leonhard Seppala, el hombre que crió a los dos perros, nunca puso a uno por encima del otro al hablar de la carrera del suero. Lo prueba un documento escrito de su puño y letra que está guardado en el American Kennel Club: “Pensaba en el hielo, la oscuridad y la ironía de que cuando Nome necesitó la vida, solo los perros pudieron entregarla”. Ni Balto, ni Togo, simplemente los perros.
