El Palacio de los Papas de Aviñón quedó vacío sin que nadie oyera un solo ruido. El primero en advertir lo que sucedió fue un guardia que iniciaba su jornada en la madrugada del 1 de febrero de 1976: al abrir la sala de exposición Gran Capilla, descubrió que las obras de Pablo Picasso ya no estaban. No había señales de violencia ni alarmas activadas. Solo un “orden vacío”: ganchos desnudos y paredes limpias donde hasta la noche anterior colgaban 119 piezas de la última etapa del artista.
No hubo vidrios rotos ni persecuciones. Cuando amaneció, el robo ya era un hecho y Francia —y también España— despertaban con la noticia. El saqueo fue tan meticuloso que desconcertó a la policía local y movilizó a expertos en tráfico de arte de toda Europa.
Los autores conocían cada rincón del palacio y actuaron con precisión, sustrayendo piezas que jamás podrían venderse en el mercado legal sin activar alertas internacionales. El caso reveló no solo la vulnerabilidad de los grandes tesoros culturales, sino también una paradoja persistente: en el submundo criminal, las obras de Picasso resultaron demasiado valiosas para circular. Medio siglo después de aquel golpe orquestado por el crimen organizado y resuelto en una operación policial digna de un thriller sigue demostrando que, incluso para la mafia, el arte puede ser una carga imposible de negociar.

Entre la noche del 31 de enero y la mañana del 1 de febrero de 1976, hace 50 años, el Palacio de los Papas de Aviñón —esa fortaleza de piedras que había resistido siglos de guerras, cismas y decadencias— quedó en silencio. El primero en notar que las obras de Pablo Picasso no estaban fue un guardia del palacio que, al abrir la sala de exposición, descubrió que los cuadros habían desaparecido.
El robo de esas obras no fue un hecho aislado ni fortuito. Picasso es, hasta hoy, el artista más robado del mundo. Su producción —que supera las 60.000 piezas entre óleos, dibujos, grabados y cerámicas—, su fama global y la alta cotización de su obra lo convirtieron desde temprano en un objetivo recurrente para el crimen organizado. Fácilmente transportables y reconocibles, sus obras fueron utilizadas incluso como moneda de cambio en operaciones ilícitas internacionales. Actualmente, más de mil piezas del artista figuran como robadas o desaparecidas en registros policiales y bases de datos especializadas.
Los cuadros que sustrajeron (retratos íntimos, variaciones sobre el amor, grabados de líneas nerviosas, óleos donde la vejez del maestro se expresaban con lucidez feroz) colgaban en la gran capilla de Clemente VI y descansaban bajo una vigilancia considerada suficiente para un palacio medieval. Sin embargo, con el amanecer, el hallazgo de aquel guardia desconcertó a todos.

El golpe de Aviñón forma parte de una larga tradición de robos de arte de alto perfil. Antes de 1976 ya existían antecedentes que habían sacudido a la opinión pública mundial, como el robo de La Gioconda en el Museo del Louvre en 1911 o el saqueo sistemático de obras europeas durante la Segunda Guerra Mundial. A lo largo del siglo XX, museos y colecciones privadas sufrieron hurtos tanto por bandas especializadas como por redes vinculadas al tráfico internacional de arte.
Pero lo que distinguió al atraco de Aviñón fue su escala y su contexto, ya que se trató del mayor robo de obras de arte ocurrido en tiempos de paz. El atraco se perpetró en plena estabilidad institucional, amplificando el impacto y dejando al descubierto la vulnerabilidad del patrimonio cultural.
“¡Se los llevaron sin romper nada!“, diría asombrado después uno de los primeros inspectores en llegar a la escena e iniciar las investigaciones. Esa prolijidad y tanto silencio eran más bien una firma.

La policía judicial francesa llegó en minutos al Palacio de los Papas. Muy pronto quedó claro que no se trataba de un grupo de improvisados. Según las crónicas de la época recogidas por el diario Le Monde, tres hombres armados permanecieron ocultos en el interior del palacio tras el cierre. A punta de pistola, atacaron a un vigilante y se apoderaron de las llaves de la fortaleza. Luego redujeron a otros dos empleados y accedieron sin obstáculos a la gran capilla, donde trabajaron con calma.
Descolgaron los cuadros, los retiraron de sus marcos y los doblaron —un gesto brutal que dañó varias pinturas y obligó a posteriores restauraciones— antes de cargarlos en una furgoneta que los esperaba fuera del recinto. Incluso dejaron algunas piezas porque no cabían en el vehículo.
No se activaron alarmas ni hubo señales de que hayan realizado algún tipo de forzamiento. Los ladrones conocían horarios, accesos y rutinas, lo que hizo inevitable la sospecha de una complicidad interna.
El 3 de febrero de 1976, el diario La Vanguardia de España publicó una crónica de la agencia EFE bajo el título Roban 119 cuadros de Picasso. Esa nota destacaba que las obras estaban valoradas en 140 millones de pesetas y advertía que su venta sería extremadamente difícil, ya que estaban catalogadas y registradas internacionalmente.
A medida que avanzó la investigación, la hipótesis de un robo por encargo perdió fuerza. La policía terminó vinculando el golpe al crimen organizado, en particular a la mafia corsa, una organización criminal originaria de la isla de Córcega, Francia. El comando estaba integrado por seis personas: tres ejecutaron el asalto armado y el resto cumplió funciones logísticas.
El objetivo nunca fue vender los cuadros. La notoriedad de las obras las volvía imposibles de colocar en el mercado legal. La investigación concluyó que serían utilizadas como moneda de cambio: garantía en transacciones ilegales, presión en negociaciones judiciales o activo simbólico dentro del propio sistema criminal.

En octubre de 1976, tras ocho meses de investigación, la policía francesa detuvo a los seis implicados. El operativo de recuperación fue digna de una película de Hollywood: un agente se hizo pasar por coleccionista de arte y concertó una cita con los ladrones. Durante el encuentro, uno de ellos abrió fuego y el operativo terminó con todos los criminales arrestados.
Todas las piezas —o 118, según algunas fuentes— aparecieron en una furgoneta alquilada estacionada en una zona rural próxima a Marsella, a unos cien kilómetros de Aviñón. Contra todo pronóstico, estaban intactas.
Los delincuentes las habían tratado con cuidado, conscientes de que cualquier daño reducía su valor como instrumento de negociación.
Uno de los detenidos, considerado una pieza clave del grupo, murió horas más tarde en la prefectura de Marsella tras sufrir una insuficiencia cardíaca. El resto fue procesado.
Hoy, muchas de aquellas obras —El joven pintor (1972), Los mosqueteros— se conservan en el Museo Picasso de París. Parte del legado del artista fue entregado al Estado francés como pago del impuesto de sucesiones de sus herederos.
