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Roma vivió una despedida multitudinaria y emotiva para Valentino Garavani, el diseñador que marcó seis décadas de la moda mundial y cuya huella quedó entrelazada con la historia de la ciudad que adoptó como propia. Entre los asistentes al funeral se encontraban figuras internacionales como Anne Hathaway y Liz Hurley, colegas de la alta costura como Donatella Versace y Tom Ford, y periodistas de renombre como Anna Wintour y Suzy Menkes, quienes documentaron el universo de la moda durante años.
La Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri —una obra del Renacimiento concebida por Miguel Ángel sobre antiguos baños romanos— fue el escenario elegido para el último adiós. Las filas de asistentes, tanto dentro como fuera del templo, sumaron cientos de personas. Los atuendos negros dominaron la escena, aunque el icónico rojo de la casa Valentino destacó entre la multitud. Quienes no pudieron asistir, como Sophia Loren, enviaron coronas florales acompañadas de mensajes de afecto: “Siempre en mi corazón”.

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El homenaje no solo reunió a celebridades y referentes de la moda, sino también a habitantes de Roma que, calzando desde elegantes tacones hasta zapatillas deportivas, acudieron a despedir a quien consideraban parte de la identidad local. El vínculo de Valentino con la ciudad era tan profundo que, según recordó el periodista Mario Ajello en Il Messaggero, el propio diseñador decía: “No trabajo en Roma, yo soy Roma”.
En el inicio de la ceremonia, el padre Pietro Guerini definió al homenajeado como un “buscador y creador de belleza”. Durante la liturgia, agradeció públicamente el “tesoro de belleza” que Valentino legó a individuos y a la humanidad, y subrayó la felicidad que sus creaciones aportaron a generaciones enteras.
El impacto del diseñador quedó patente durante el velatorio, celebrado en la sede de la Maison Valentino, donde cerca de 10.000 personas hicieron fila durante dos días para despedirse. La multitud estaba compuesta tanto por quienes alguna vez pudieron vestir sus exclusivas prendas, valoradas en decenas de miles de euros, como por quienes solo soñaron con ellas. Para muchos, como la octogenaria Gabriella Camicia, esos sueños fueron una inyección de alegría: “Verlas nos daba tanta felicidad”.
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Al avanzar el féretro por la nave de la basílica, los aplausos resonaron en el recinto antes de que el cortejo se dirigiera al cementerio Prima Porta para el entierro. El acto contó con las palabras de los dos grandes aliados de Valentino: Giancarlo Giammetti, socio de toda la vida, y Bruce Hoeksema, su pareja desde 1982. Giammetti aseguró que gracias a Valentino aprendió el verdadero significado de la belleza, “una belleza que nos acompañó toda la vida”. Conmovido, Hoeksema concluyó: “No digo adiós, digo gracias. Por elegirme, por caminar conmigo y por cambiarme para siempre”.
El alcalde de Roma, Roberto Gualtieri, reconoció públicamente que el diseñador supo “proyectar las luces y los colores del patrimonio de la ciudad en el escenario internacional” y prometió que la capital recordará a Valentino como símbolo de belleza y de la identidad romana.

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Para la crítica de moda Suzy Menkes, quien dedicó veinticinco años a cubrir el sector para The International Herald Tribune, la despedida representa el final de una era: “No se trataba solo de confeccionar ropa, también cultivó relaciones con sus clientes. Amaban sus prendas, lo amaban a él, y él los amaba. Realmente no puedo pensar en otro diseñador que pueda ocupar ese lugar. La era ha terminado”.
Las vitrinas de la boutique principal de Valentino en el centro de Roma amanecieron tapizadas de negro y decoradas con una frase célebre del creador: “Amo la belleza. No es mi culpa”. Así, la ciudad y el mundo rindieron tributo a un hombre cuya obra, como la propia Roma, se convirtió en sinónimo de elegancia eterna.
