El juicio fue un auténtico circo mediático con una duración de nueve meses y medio. Fue el más largo de los Estados Unidos por cargos de asesinato. Tuvo una transcripción de más de ocho millones de palabras. El jurado, compuesto por siete hombres y cinco mujeres, fue incomunicado en un hotel y supervisado por los policías durante todo el proceso. No podían ver ni hablar con nadie. Los crímenes que se les imputaban a los acusados eran los de Sharon Tate, esposa del director de cine Roman Polanski, embarazada de ocho meses; el peluquero de las estrellas de Hollywood Jay Sebring; el guionista Voytek Frykowsky, Abigail Folger, Steven Parent y el matrimonio de Leno y Rosemary LaBianca.
Por todo eso se hizo un silencio tenso, que se podía cortar con un cuchillo, en la sala de la Corte de Los Ángeles cuando la tarde del 25 de enero de 1971 se escucharon los veredictos de culpables para los cinco acusados –dos hombres y tres mujeres-, una pena que en ese momento significaba la pena de muerte en California. Solo entonces, como si se tratara de tres parcas modernas, las chicas de minifaldas rompieron el silencio.
-Acaban de juzgarse a ustedes mismos —dijo Patricia Krenwinkel, de 23 años, mirando desafiante al jurado.
-Más vale que cierren las puertas y vigilen a sus hijos —agregó sin inmutarse Susan Atkins, alias “Sexy Sadie”, de 22.
-Todo su sistema es un juego. Ustedes son estúpidos y ciegos y sus hijos se les volverán en contra —cerró Leslie Van Houten, de apenas 21.
Cerca de ellas, sentado en su banquillo de acusado, Charles Manson, el líder de “la familia”, no abrió la boca. Tampoco lo hizo el quinto de los condenados, Tex Watson. Ninguno había mostrado el más mínimo signo de arrepentimiento. Habían asistido a su propio juicio como si se tratara de un espectáculo. Hacían comentarios entre ellos e, incluso, se reían mientras la fiscalía presentaba las pruebas de sus horribles crímenes.

Los dos hombres y las tres mujeres permanecieron separados durante todo el proceso y solo podían encontrarse en la sala de audiencias, pero aún así parecía que se habían puesto de acuerdo para montar su siniestro espectáculo. Manson hizo su propio show. Primero apareció en el tribunal con una ‘X’, que más tarde convertiría en una esvástica, grabada en la frente. Al día siguiente, las tres mujeres del grupo también se presentaron con una.
En otra ocasión debió ser retirado de la sala después de adoptar la postura de la crucifixión, inclinar la cabeza y extender los brazos, negándose a sentarse. También saltó de la mesa de la defensa hacia el estrado del juez Charles H. Older y le dijo: “En nombre de la justicia cristiana, alguien debería cortarle la cabeza”. También le pegó a su abogado y llegó a amenazar con un “asesinato y derramamiento de sangre” si llegaba a ser condenado a muerte.
El juicio tuvo otra protagonista que no se sentó en el banquillo de los acusados sino en el de los testigos: Linda Kasabian, de 20 años en el momento de los crímenes. No había participado directamente en ellos, sino que había sido la conductora del auto que trasladaba a los asesinos. Su testimonio –acordado con la fiscalía a cambio de inmunidad- terminó siendo decisivo para probar los asesinatos.
Mientras duró el proceso, en los medios de comunicación se habló de secta satánica, de canciones de The Beatles –más precisamente del Álbum blanco– con mensajes ocultos, de lavado de cerebro, de sexo, drogas, rock’n’roll, y se tejieron cientos de especulaciones más. Entre ellas, la de un plan elaborado por Manson para matar ricos y famosos con la intención de culpar a los Panteras Negras y provocar una guerra racial en los Estados Unidos. Fuera de toda la hojarasca, al final una sola cosa quedaba clara: los acusados formaban parte de una banda de sangrientos asesinos, capaces de entrar en las casas de sus víctimas, reducirlas y atarlas, apuñalarlas con saña hasta la muerte y utilizar su sangre para escribir mensajes e insultos en las paredes.

Los asesinatos perpetrados por el Clan Manson –como ya se lo llamaba– causaron enorme impacto no solo en los Estados Unidos sino en todo el mundo. Estaban en las primeras planas de todos los medios. Fue un raid asesino perpetrado en menos de 48 horas. Durante las madrugadas del 9 y el 10 de agosto de 1969 corrió un verdadero río de sangre en dos barrios de los más exclusivos de Los Ángeles. Apenas empezaba el sábado 9 -habían pasado minutos de la medianoche- cuando Tex Watson y las tres chicas Manson entraron a la mansión del 10.066 de Cielo Drive. Una vez adentro –luego de cortar los cables telefónicos– redujeron una tras otra a las personas que estaban allí.
Su líder les había dado una orden precisa: matar a todos los que estuvieran allí, romper todo lo posible y dejar mensajes diabólicos en las paredes. Después se sabría la razón por la cual Manson eligió esa casa: hasta hacía poco había vivido allí el productor discográfico Terry Melcher –hijo de la actriz Doris Day-, a quien acusaba de haber truncado su carrera musical al rechazarle los temas para un disco. Manson creía que todavía vivía allí. En el juicio se supo que Sharon Tate había rogado por su vida, pidiendo que la secuestraran, dejaran nacer al hijo que hacía ocho meses crecía en su vientre y luego la mataran. No hubo compasión: la apuñalaron 16 veces. Cuando llegó, la policía encontró los cuerpos mutilados de Tate y sus amigos Sebring, Frykowsky, Folger y Steven Parent. En las paredes se leía, pintado con sangre: Piggies (“Cerditos”) y Helter Skelter, los títulos de dos canciones de The Beatles.
A Manson no le gustó el desempeño de sus sicarios y les reprochó que fueran tan desprolijos. Para que aprendieran, les ordenó que la noche siguiente volvieran a matar. En esa ocasión los acompañó y les señaló otra mansión, la del 3301 de Waverly Drive. El propio Manson entró en la casa y despertó a punta de pistola a Leno LaBianca y lo llevó al dormitorio, donde descansaba su mujer, Rosemary. Tex Watson, siguiendo sus instrucciones, cubrió las cabezas de la pareja con fundas de almohada y los ató. Cuando Manson vio que estaba todo bajo control, se fue del lugar dejando la orden de matarlos. Watson, Krenwinkel y Van Houten se encargaron de hacerlo, a cuchilladas como la noche anterior. Doce puñaladas para Leno, 41 para Rosemary. Después de matar a Leno, Watson le grabó con su cuchillo en el abdomen la palabra “War” (“Guerra”). En una de las paredes, Krenwinkel dejó escrito con sangre: “Muerte a los cerdos”.

Las condenas a muerte que recibieron los cinco asesinos nunca llegaron a ejecutarse porque dos meses después del fallo la Corte Suprema de California abolió la pena letal en el Estado. Entonces, fueron reemplazadas por cadenas perpetuas. De acuerdo con la ley, Charles Manson tenía la posibilidad de, pasados 25 años, solicitar la libertad condicional. No hizo ningún mérito para obtenerla, aunque la pidió en varias ocasiones. Durante su sexto intento, en 1986, se describió a sí mismo en una audiencia como un “animal enjaulado y vicioso” al que no le gustaba leer y que prefería pasar el tiempo haciendo muñecas en su celda. Una presentación muy poco adecuada para alguien que pretende volver a la calle.
En uno de sus informes, el Departamento de Corrección y Rehabilitación de California lo describe como “un recluso no arrepentido e incorregible que mostró frecuentes problemas de comportamiento”. Allí se señala que cometió más de cien violaciones de las normas desde su encarcelamiento en 1971 y recibió castigos disciplinarios por “agresión, posesión repetida de un arma, amenazas al personal y posesión de un teléfono celular”, entre otras causas. “Basta decir que no se lo puede describir como un prisionero modelo”, respondió Terry Thornton, vocera del departamento penitenciario, consultada por Los Angeles Times en noviembre de 2017, luego de que se conociera la noticia de su muerte. También se supo que la pasó mal en algunas ocasiones. El 25 de septiembre de 1984, Jan Holmstron, un parricida convicto, trató de quemarlo vivo rociándolo con disolvente para pintura y prendiéndole fuego. A pesar de sufrir quemaduras de segundo y tercer grado en el 20 % de su cuerpo, se recuperó de las heridas.
Mientras tanto, Manson seguía jactándose de sus crímenes, incluso después de proclamarse “ecologista” de una manera muy particular: era necesario matar personas para conseguir más aire. En la entrevista que publicó en Rolling Stone, Erik Hedegaard cuenta cómo le explicó su extravagante teoría: “La mayoría de las veces, (Manson) quiere hablar sobre el medio ambiente –‘El final está cerca, chiquilín’, me dice– y sobre lo que se debería hacer al respecto. Una vez, cuando me estaba hablando de la conveniencia de matar para conseguir más aire, me dijo: ‘Si alguien es asesinado, esa es la voluntad de Dios. Sin asesinatos, no hay futuro’”.
El líder del clan murió el 19 de noviembre de 2017, a los 83 años, en el hospital de la prisión de Cormoran, por causas que nunca fueron reveladas. Durante todos esos años, había pedido la libertad condicional en 17 ocasiones. Se la negaron siempre. Sólo pudo salir de la cárcel en un cajón y con los pies apuntando hacia delante. Charles “Tex” Watson también intentó 17 veces que le otorgaran la libertad condicional, pero tampoco se la concedieron y sigue preso en la cárcel de RJ Donovan, en el condado de San Diego, California.

Las cuatro “chicas” del Clan Manson – las tres culpables y la testigo que inculpó a todos –recorrieron caminos diferentes en estos años. Lo único que tuvieron en común fue que, con el tiempo, repudiaron sus crímenes y rompieron con el dominio que Manson, aún desde la cárcel, seguía teniendo sobre ellas.
Susan Atkins, quizás la discípula más cercana a Manson, murió en la cárcel en 2008, a los 61 años, a causa de un cáncer de cerebro. Hasta entonces había pedido sin suerte la libertad condicional en trece ocasiones. “Estaba pasada de ácido, ni sé cuántas veces la apuñalé. No sé por qué lo hice. Me rogaba, me imploraba y me suplicaba y me harté de escucharla, por eso le clavé el cuchillo”, contó una vez. En una entrevista con la cadena NBC le preguntaron por las razones que la habían llevado a unirse a la “Familia Manson”. “La cultura de fines de los sesenta, mi deseo de encontrar a alguien a quien amar, alguien que me salvara… estaba buscando amor y aceptación y las drogas y las mentiras me atraparon”, respondió. En la cárcel abrazó el cristianismo, pidió disculpas por sus crímenes y se casó dos veces. Luego de su muerte, su último esposo dijo a la prensa que su última palabra había sido “amén”.
Patricia Krenwinkel es actualmente la presa más antigua del Estado de California. Está detenida en la Institución para Mujeres en Chino, una cárcel de mínima seguridad. Desde allí, hace décadas instó a los jóvenes a no pensar en Manson como un héroe o un elegido. “Creo que he sido muy cobarde cuando me acuerdo de la situación. Lo que trato de recordar a veces es que lo que soy hoy no es lo que era a los 19 años”, dijo en una entrevista de 2014 con The New York Times.
El caso más notable es el de Leslie Van Houten. Con los años se convirtió en una presa modelo: obtuvo una licenciatura, un máster universitario y dirigió grupos de autoayuda para reclusas. “Cuanto más vieja me pongo, más difícil es vivir con esto. Yo sé lo que hice y me hago cargo de mi responsabilidad: yo ayudé a crear a Manson”, dijo en uno de sus pedidos de libertad condicional, que le fue concedida el 11 de julio de 2023.
La cuarta “chica Manson”, Linda Kasabian, se alejó de la “familia” la misma noche del crimen de los LaBianca, en cuya participación solo le cupo manejar un auto y esperar a los asesinos. Aterrorizada, al hacerlo abandonó a su pequeño hijo, que vivía en la comunidad formada alrededor de Manson. Luego de lograr un acuerdo de inmunidad y presentarse en el juicio como testigo clave de la Fiscalía, intentó borrar sus huellas para siempre. Cambió su apellido por el de Chiochios y llevó una vida itinerante. Reapareció para contar su historia en el documental Manson, estrenado en 2009. Murió a los 73 años, el 21 de enero de 2023 en un hospital de Tacoma, en el Estado de Washington.

Antes de su muerte, Charles Mason ya se había convertido en un personaje emblemático de la cultura estadounidense, al que se le han dedicado series, películas, libros y temas musicales. El cantante Marilyn Manson utilizó el nombre de Marilyn Monroe y el apellido de Charles Manson para crear su nombre artístico. Además, en la canción My Monkey, utiliza algunos versos de I’m a mechanical Man, un tema que cantaba Charles Manson y utiliza grabaciones de su voz original. La banda de hardcore punk de Boston, Massachusetts, Negative FX, usó su imagen en la portada de un álbum, y The Ramones banalizó sus asesinatos en una canción: “Andá y arriesgate con ella, con una sola bala en el cilindro. Y en un momento de pasión, tomá la gloria como Charles Manson (…) Voy a sonreír, me voy a reír, vas a tener un baño de sangre. Y en ese momento de pasión conseguí la gloria como Charles Manson”, dice la letra.
En materia de cine y series también existe una prolífica producción sobre su figura: Helter Skelter, The Manson Family, el capítulo de la serie Dexter titulado “Helter Skelter”, el capítulo de South Park titulado “Merry Christmas, Charlie Manson”, la serie Aquarius o la comedia independiente Manson Family Vacation, además de documentales como Manson o Life after Manson, entre otras películas y series. Aparece también en el documental de Netflix Conversaciones con asesinos: Las cintas de Ted Bundy, debido a que en 1984 colaboró con el FBI brindando información para lo que en ese tiempo sería una base de datos de perfiles de asesinos en serie.
En 2023, el documental de Netflix Caos: Los crímenes de Manson trató de mostrar y profundizar en algunas de las muchas teorías que no han dejado de circular sobre los motivos que llevaron a los miembros del Clan Manson a perpetrar los crímenes de las madrugadas del 9 y el 10 de agosto de 1969. Una de las más conocidas es la que se conoce como Helter Skelter, formulada por el fiscal Vincent Bugliosi. Según Bugliosi, Manson utilizó a sus seguidores para llevar a cabo una serie de asesinatos con el objetivo de desatar una guerra racial apocalíptica. La teoría se basa en una interpretación de la letra de una canción del Álbum Blanco de The Beatles, en la cual Manson creía que se escondían mensajes sobre una inminente confrontación racial en los Estados Unidos. Su intención al ordenar los crímenes a sus seguidores habría sido desencadenar ese conflicto y aprovecharlo para tomar el control del país después del caos.
Más allá de cualquier teoría, en una de las últimas entrevistas que concedió detrás de las rejas, poco antes de su muerte, Charles Manson dejó una frase que muestra de manera acabada lo que significaban para él las vidas de los demás: “¿Qué hay de violento en apretar un gatillo? No hay violencia en eso. Hay una persona ahí, vos movés tu dedo, y ya no está más”, dijo con total frialdad.
